REAL MADRID A DEBATE. LA GALERNA, TU DIARIO MADRIDISTA.

Volver al inicio
Opinión·27 de junio de 2019

Luis Suárez, víctima del sistema culé

M

Mario De Las Heras

Yo digo que Suárez levanta los brazos y con una mano se toca el antebrazo. Eso es para mí pedir penalti hasta en la Liga de Tayikistán. Y más si, al mismo tiempo que haces el gesto, buscas instintivamente con la mirada al linier. Para algunos esto no es más que una teoría de la conspiración, como si Suárez no fuese un agresor común y un tramposo y sí una víctima.

Es divertido leer o escuchar las teorías negacionistas sobre las acciones incontrovertibles de Suárez. Son como esos peces huéspedes que acompañan al tiburón por los océanos. Nadan al ritmo de las tropelías del uruguayo, y hacen el curioso efecto estético de las grupis. Grupis de Suárez.

La apoteosis de Suárez se produce tras su llegada a España. Yo imagino que tuvo que ser algo parecido a lo que sintió el niño Supermán al llegar a la Tierra: unos poderes únicos. Hemos visto a Suárez sostener aviones y helicópteros en caída libre; parar las balas; doblar el acero; hacer de vía férrea con su cuerpo azul y grana.

Lo hemos visto volar sobre la yerba. Permanecer ingrávido. Volverse invisible mientras golpea. Lo hemos visto dar puñetazos sin mirar, a lo Laudrup. Todo esto hemos visto: la manifestación de un enorme poder que sin embargo tuvo un punto de inflexión el día que pisó a Denayer, del Olympique de Lyon, en octavos de final de la UCL, y el árbitro señaló penalti a su favor.

Eso debió de ser como cuando a Neo, de Matrix, le empiezan de pronto a hacer chiribitas verdes los ojos. Un despiporre total. Después de esto, uno se debe ver capaz de cambiarlo todo, como pedir mano en el área del portero. Yo entiendo que después de lo del Olympique, Suárez sintiera el fútbol entero dentro de sí para manejarlo a su antojo.

No el poder que hasta entonces había tenido sino una superación artística, si cabe. Una explosión de color. Aquella decisión arbitral debió de abrir a un mundo fantástico la visión futbolística del obsceno uruguayo. ¿Cómo resistirse a intentar romper las más sicalípticas barreras?, ¿los deseos más oscuros? Un lugar en el que todo se consigue simplemente con desearlo.

Que no llego a rematar, pues finjo penalti. Que me quitan el balón, puñetazo al canto. Que una pierna me impide alcanzar la pelota, la siego. Que un defensor me roba el balón limpiamente en el área, lo piso y penalti que me llevo. Que un portero me para un balón en su área, pues mano y penalti. Así debe de funcionar la cabeza del “charrúa”, como les gusta decir a sus grupis.

Pero a pesar de su eterna impunidad Suárez se arrepiente. Se ruboriza en esa última jugada. Esa es una clave. Algo empieza a romperse ahí dentro. Justo después de hacer el gesto de la mano y buscar con la mirada al árbitro, Suarezman parece sentir en su cuerpo y en su mente el efecto de la kryptonita, algo así como el ridículo que acaba de hacer, y que le hace disimular fingiendo que se lamenta por la ocasión fallada.

Es un terrible desafinado que no perciben las grupis. Es más, ese terrible desafinado se convierte en sus mentes en una acción invisible o incluso honorable. Es el tippex fanático que además tiene el efecto rebote de buscar casi instantáneamente acciones similares en el otro lado. Eso les gusta. Eso las calma, como si además la similitud tuviera algún significado más allá de sus creencias.

Yo pienso que debemos entender a Suárez. Entender, no disculpar. Sí denunciar su conducta deleznable. Porque Suárez es una víctima del sistema culé, aunque ya viniera con antecedentes. Suárez es Lord Greystoke criado por los monos. Suárez es Pu Yi, el último emperador. Suárez ha sido Jason Bourne antes de que no recordara nada, quien sabe si hasta superar los límites pidiendo penalti por mano del portero en el área.

ESPACIO PUBLICITARIO

Post Article - 728x90