Madridería rusticana
Mario De Las Heras
Aquí ya hemos hablado del lujo. Algo nada ostentoso, por otro lado. Algo sencillo y emocionante y sin embargo enorme, planetario. Lo digo por la conjunción, por el alineamiento. Están los mejores de los mejores, es decir: el mejor Cristiano de todos los Cristianos; el mejor Karim de todos los Karimes; el mejor Keylor de todos los Keylores; el mejor Lucas Quinto de todos los Lucas Quintos.
Terminó el partido y yo me sentí como llevando feliz del brazo a mi mujer después de asistir a la Cavalleria Rusticana del Madrid. El equipo con el que no van a hacer carrera ni negocio los huéspedes porque Zidane calla bocas, bocazas, con una humildad ejemplar.
El ruido de los voceras no ha podido interrumpir el trabajo sereno, paciente y personal del entrenador. Después de un partido como el de este sábado, más allá de los títulos y de las posiciones y de los números, el entrenador del Madrid es Zidane como si no hubiera habido otro nunca.
Hay semillas del tamaño de balones bajo la yerba del Bernabéu, y las ha plantado Zizú levantándose cada día al alba. Él es el campesino que suda y se para con el sol en lo más alto, y que se quita el sombrero para recibir el aire en la cabeza abotargada y caliente, el que mira alrededor y sonríe, se seca el sudor de la frente, se vuelve a poner el sombrero y sigue empujando el arado mientras la gente lo mira, ociosa, y murmura (incluso algunos lo gritan), desde el otro lado de la cerca.
La semilla de Lucas ha germinado en estrella y es oportuno recordar a todos esos que ayer mismo hacían mofa de él y del entrenador y el minuto setenta. Setenta abrazos sicilianos como los de Alfio y Turiddu llevan hoy todos ellos.
Zidane reparte. Y Lucas, y Cristiano (hasta los penaltis reparte el egoísta), y Gareth, que corre libre por la pradera, y Benzema, el máximo asistente del Madrid en la Liga. Un Benzema que este sábado jugó con tacones, y hasta dio vueltas al bolso desde todas las esquinas, haciendo lo que nadie hace, que es lo que siempre él hace, con mayor o menor repercusión.
benzema es el máximo asistente del real madrid en liga
Ante el Alavés la tuvo toda, como todos, la repercusión, en un partido memorable donde el joven Theo al fin supo qué hacer con el balón en los pies. Porque Theo hasta este sábado en el Madrid no había sabido qué hacer con esa cosa esférica. Seguro que Zidane se lo había explicado antes y él acabó ayer de comprenderlo, maravillado por su propio talento.
Sólo se trataba de esperar, como en todo en este Madrid sin precedentes, maravilloso e inclasificable, y no de vociferar o de ensayar teorías que rápido se vuelven ridículas. Ver este sábado al Madrid fue como escuchar el Intermezzo de la Cavalleria: todos esos violines delicados e impetuosos interpretando esa partitura valiente sin perder de vista la batuta plumífera de Zidane.