Marcelismo
Mario De Las Heras
Recuerdo que, en el patio del colegio, en los partidos diarios dentro de los otros partidos que se jugaban en todas direcciones, había un niño que estaba allí, es decir, que participaba, pero que nunca iba a por la pelota. Esperaba a que le llegara. Era el suyo un jugar lacónico. También distraído. Aquel niño, Pedraza se llamaba, compaginaba la práctica del fútbol con la ingesta del sándwich que le preparaba su madre y la conversación ligera y sobrevenida con cualquiera que pasara por allí.
Pedraza era un turista del recreo. Futbolista, mayormente, y flaneur. Pedraza observaba el discurrir del balón desde una distancia prudencial. Él estaba allí plantado y se apartaba también con laconismo al aparecer en medio del camino de cualquier pelota ajena seguida por una piara de niños sudorosos y resoplantes. Él hacía un gesto como de recortador sobrio. Un recorte flemático durante el cual no perdía la atención de su partido.
Y a veces se reía. Era un reír invisible e inaudible, pero notable. Era como si tras esa pelota corriéramos un montón de payasos con nuestras narices de payasos y nuestros zapatones de payasos tropezándonos en la función. Eso era. Era como si estuviéramos en el circo y él fuera un espectador. A veces hacía movimientos sutiles que indicaban un dominio oculto del arte de futbolear, que no es exactamente jugar al fútbol.
La primera vez que vimos futbolear a Pedraza nos sorprendió a todos. El balón fue directamente hacia él salvando milagrosamente todos los obstáculos y fue cuando Pedraza levantó un pie, paró el esférico, lo acarició con la suela de sus zapatos de goma y lo elevó unos treinta centímetros justo cuando otro niño trataba de hacerse con él. El niño se escurrió en el ademán y destrozó contra el cemento implacable sus blue jeans (siempre he querido escribir blue jeans) lavados a la piedra, mientras Pedraza fue, a continuación, asediado como un óvulo en plena fecundación.
Acosado, invadido, golpeado, empujado. Él se resistía en medio de la marabunta, como quien juega entre chiquillos, pero apenas podía ensayar un intento de regate
Todos esos espermatozoides movían, nerviosos, sus cabezas y sus colitas alrededor, mientras el óvulo Pedraza los mareaba en una baldosa de terreno sin que aquella pelota tocara el suelo. Ya en el momento de insoportable infestación, Pedraza elevó el balón otros treinta centímetros más y, en un salto imprevisible, lo envió muy lejos, muy bombeado, por medio de un tijeretazo definitivo, tras el que volvió a quedarse solo en medio del caos.
Media hora de recreo para una sola intervención, como mucho, es todo lo que Pedraza parecía desear. Y puede que ni siquiera eso. Después de aquella primera vez, Pedraza fue diariamente violentado casi al momento de hacerse con la pelota cuando la pelota se encontraba con él. Acosado, invadido, golpeado, empujado. Él se resistía en medio de la marabunta, como quien juega entre chiquillos, pero apenas podía ensayar un intento de regate.
No parecía dispuesto a hacer nada que supusiese desvirtuar aquella actitud holmesiana, o a lo mejor es que simplemente no podía hacer nada. Yo ayer viendo al Madrid me acordé de Pedraza (a quién sigo y seguiré esperando moverse más allá de su baldosa) y descubrí su marcelismo. El marcelismo de Marcelo, quien estuvo futboleando, para nuestro solaz, no un día sino diez años y ahora, me temo que simplemente, al menos ahora mismo, no puede hacer nada.
Fotografías Getty Images.

