Marcos Llorente o la excepción de Zidane
Mario De Las Heras
Los descartes de Zidane elevan aún más su figura
Hay aficionados que se tiran de los pelos, y le tirarían de ellos a Zidane si los tuviera, por prescindir de Marcos Llorente y haberlo vendido al Atlético de Madrid. Marcos tampoco cuajó como mediocentro en las Rosas (en el Manzanares, iba a decir), pero sin embargo sí como mediapunta, ¡oh!, y entonces todos los críticos con Zidane encontraron el talón donde lanzar sus flechas envenenadas.
Nadie en el mundo vio la posibilidad de reconvertir a Marcos en delantero. Ni siquiera Zidane. Él mismo lo reconoció como buen reconocedor. La naturalidad del entrenador del Real Madrid es la maravillosa muestra de una absoluta carencia de mezquindad. Ni Zidane, ni nadie se dio cuenta. En todo caso lo vio Simeone, o lo probó en sus circunstancias o le cayó del árbol como la manzana a Newton y en lugar de una teoría científica salió un atacante.
No se vio esa posibilidad y sin embargo el hallazgo casi fortuito les ha servido y les sirve a muchos para fundamentar el desconocimiento técnico que le atribuyen a Zidane. Manzanas y Marcos Llorente aparte (quien, digan lo que digan, volvió a no convencer, esta vez al Cholo, en su posición habitual, dando la razón a la controvertida decisión de Zidane), lo cierto es que el buen ojo del francés, algo así como el talento y la elegancia (cosas que no se ven ni se aprenden), está fuera de duda.
Quizá de este aspecto provenga la crítica. De que ese ingenio inimitable produzca escozores insoportables. El mismo caso, el mismo revuelo y la misma contrariedad se dio con Ceballos, jugador de clase incontestable, pero hecho de materiales arenosos como las paredes de la celda de Andy Dufresne. Zidane sabía que el talento de Ceballos se escaparía por detrás de un póster de Raquel Welch.
Zidane tenía razón, una vez más contra todos, porque casi todos creíamos en la imposible resurrección definitiva que Zidane había firmado para sí
Parecía lo contrario en Londres, en el Arsenal. Tras un periplo de idas y vueltas, dejando destellos y decepciones igual que en Madrid, principió a estabilizarse con Arteta en el centro del campo, hasta que vino el anunciado y no creído apagón. Ceballos es un buen jugador que no mantiene, al menos por ahora, las constantes para triunfar en un equipo grande. Y Zidane lo sabía y de ahí sus continuas reticencias, en contra de todos, a contar con él.
Qué decir de James que no hayamos dicho. Incluso los jamesistas como yo. James es el borbotón maravilloso que sale del tubo de óleo y de repente se acaba. Y ya no hay más. Esos colores no los tiene nadie. Sus tonalidades son únicas, pero son finitas. Ahora también en Liverpool, en el Everton (como en Múnich), se han dado cuenta de ello. Y Zidane tenía razón, una vez más contra todos, porque casi todos creíamos en (o soñábamos con) la imposible resurrección definitiva que Zidane había firmado para sí.
El acierto intangible de Zinedine ha sido cuestionado hasta en la figura del aborrecido por los medios y buena parte de la afición madridista, Bale. Bastaron unos pocos detalles en el Tottenham (a Londres van a parar casi todos los descartes incomprendidos de Zidane) para semiencumbrar desde la nada al galés, aprovechando que Reguilón pasaba también por allí. Pero no hubo nada. No hay nada.
Me atrevería a decir que las pequeñas muestras de valía que nos hacían pensar en lo recuperable de estos jugadores, salvando la imprevisible readaptación de Marcos Llorente, se daban sólo porque Zidane las provocaba. Zidane los espoleaba como ninguno para intentar lanzarlos y lo conseguía por momentos, pero era inútil que duraran y él lo sabía mientras los demás seguíamos soñando y no comprendiendo cómo era posible esa dureza, incluso esa desfachatez, que en realidad es todo sabiduría y respeto.
Fotografías Getty Images.

