Máximo Adriano Ramos, linaje de emperadores
Antonio Valderrama
Pilar Rubio y Sergio Ramos acaban de tener su cuarto hijo, presentado al mundo al poco de llegar a él en la cuenta de Twitter del capitán del Madrid: Máximo Adriano Ramos Rubio, 3 kilos y 270 gramos, nacido a las siete de la tarde menos dos minutos, una hora estival y taurina. La buena nueva, el milagro de la vida como lo consideraba Dostoyevski, sucede apenas una semana después de que el capitán del Madrid levantara el título de Liga más especial de los cinco que ha ganado de blanco. Es muy curioso, digno de contarse y de admirarse, la habilidad de Ramos y de Pilar Rubio para traer niños al mundo coincidiendo con éxitos memorables del Madrid: es imposible olvidar que su primogénito, Sergio, nació con la Décima, mientras el padre sobrevolaba Europa destruyendo fantasmas a cabezazos. El tercero, Alejandro, vino con el threepeat. Máximo Adriano redondea la fecundidad vital de su padre, que ya tiene tantos cachorros como Copas de Europa; capitán del equipo más importante del mundo y de la selección de su país, miembro destacado de la España tricampeona y, seguramente con poca discusión ya, a sus 34 años, mejor defensa de la Historia del Real, Máximo Adriano también certifica que la de su padre es una vida digna de ser vivida.
Ha causado revuelo, parece, el nombre elegido. Máximo Adriano. En un mundo en el que no paran de nacer Daenerys, Martinas, Mauros y Álvaros, la rotundidad romana y clásica de Máximo Adriano es una noticia extraordinaria, en todos los sentidos. Una noticia que alegra el alma. De quien tenga una, añadiría, porque como también era inevitable, hubo quien volvió a aprovechar la ocasión para expresar su incapacidad moral para alegrarse con la felicidad ajena. Un vistazo a los nombres de todos sus hijos revela un encantador gusto de la pareja por lo clásico, un sentido de orden patriarcal totalmente revolucionario en estos días en que se sienten temblar los cimientos del mundo que conocimos. Máximo Adriano es una subversión contracultural, pero Sergio, Marco, Alejandro, son todos nombres con poso, nombres que evocan Grecia y Roma, reyes, conquistadores, héroes, senadores, cónsules. Es decir, que evocan el mundo del que procedemos como comunidad, como civilización. Que evocan la raíz. Las raíces son importantes le decía Sor María a Jepp Gambardella en La gran belleza. Con todo lo que la opinión pública se ha reído siempre de Ramos, es como si el Ramos maduro y padre, capitán y patriarca (parafraseando al escritor, cualquiera puede llevar un brazalete igual que cualquiera puede hacer un hijo, pero no cualquiera puede ser padre, ni capitán) hubiera decidido vengarse. Como un torero, templando, mandando, en el campo y fuera, en la vida. En su vida.
Máximo Adriano es una subversión contracultural, pero Sergio, Marco, Alejandro, son todos nombres con poso, nombres que evocan Grecia y Roma, reyes, conquistadores, héroes, senadores, cónsules.
A Ramos lo convirtieron en el tonto oficial de España, en la encarnación del tonto, todos esos broncanitos salidos de un guión a cuatro manos entre Gerardo Tecé y Facu Díaz. Quizá la razón no sea otra que aquella que mencionaba Jabois una vez, que al madridista le rompen tanto la cara porque nunca la quita. Sergio Ramos es un tío que nunca se ha escondido, por eso sale su retrato también en las peores derrotas del Madrid de los últimos tres lustros. Hay que fijarse en eso a la hora de hacer un balance, de evaluar la carrera de un futbolista. Ramos es más madridista que el nombre de Concha Espina y lo fue desde que decidió “hacerle un guiño” a Florentino en mitad de la negociación por su fichaje llegando en traje blanco a una concentración de la Selección. El humor Movistar, sin embargo, que es el humor El Terrat hecho con clones fabricados en Malasaña, la versión cómica para veinteañeros atrapados en el tiempo de la línea oficial del Partido, es decir, del país, marca el tono de la vida pública en España y determina que Ramos es tonto. Por alguna razón Ramos, que es un ejemplo de excelencia en lo suyo, no ha podido jamás deshacerse de ese monigote que lleva pegado a la espalda, por más que no deje de acumular triunfos en su trabajo. No importa que cada año que pase tenga un físico todavía más competitivo para el fútbol de élite, ni que ejerza su carisma como instrumento de liderazgo en el vestuario más difícil del fútbol mundial. No basta que se harte de ganar y de que le mire a la cara a Beckenbaüer en la Historia del juego. No basta que sea la cara con la que una generación de niños no ya madridistas, sino europeos, soñará siempre que se imaginen levantando una orejona.
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