Messi contra Real Madrid. La guerra ha terminado
Antonio Valderrama
Es curioso pero que Messi deje el Barcelona me ha puesto triste. Esto se lo digo a mi yo de hace diez, nueve, ocho o siete años, o incluso a mi yo de hace cuatro, y me pega un tiro. Me lo pega y después se ríe. Pero es verdad. Messi se lleva quince años de mi vida y se los lleva de golpe, con un burofax. No me quiero ni imaginar lo que debe estar sintiendo un barcelonista cualquiera. Su marcha completa la de Ronaldo, es como la segunda parte del final del ciclo heroico cuyo primer acto tuvo lugar hace dos veranos. No sólo se va Messi de España sino que se acaba también una urgencia histórica que movió al Real Madrid a ser más grande, a renovar su leyenda. Por ejemplo, Cristiano Ronaldo pertenece a la memoria madridista, es, de hecho, el mejor jugador que ha vestido nunca la camiseta blanca tras Alfredo Di Stéfano, precisamente por Messi. Sin Messi no hay Cristiano Ronaldo ni hay Real Madrid contemporáneo: no hay Mourinho, no hay Ancelotti, no hay Modric, Benzema, Kroos, Varane, no hay threepeat ni tiranía histórica en Europa. Messi huye a esa Santa Elena de Manchester donde le esperan un atolón de oro macizo y Guardiola, su mentor. En la maleta, bien guardaditos, vamos también nosotros, madridistas del cambio de siglo, quienes no podemos explicarnos la madurez de nuestro amor al club sin la sombra gigantesca de un tipo que refundó el Barcelona a base de atravesarnos el corazón.
Recuerdo lo que escribí en Fans del Madrid más o menos sobre el otoño de 2008, después de que Messi ganase un partido en Sevilla (a aquel Sevilla, que era un equipazo, puede que uno de los seis o siete mejores equipos del momento en Europa), un sábado por la noche. Era algo así como que había nacido un golem que iba a ocupar nuestras pesadillas durante mucho tiempo. Yo no tenía ni idea de que sólo unos pocos meses más tarde, Messi destruiría mi autoestima como madridista liderando un 2-6 en el Bernabéu y que guiaría a su equipo hacia un triplete memorable. Messi era el castigo divino al Madrid por la hybris, por su trayectoria como institución siempre ascendente hacia un destino que era en sí mismo un desafío a España como país pequeñito y rastrero. Messi llegaba a nuestras vidas como una brecha en la secuencia temporal que desde 1956 llevaba encumbrando al Madrid por encima de todos los demás en la historia del fútbol mundial. Era disrupción, un cambio decisivo, la hora de la venganza para ese antimadridismo cultural y generacional, el antimadridismo Vázquez Montalbán, el antimadridismo PRISA, que vivió siempre a la sombra de la inasumible realidad. Parecía un cyborg diseñado por Joan Gaspart, imbatible, inatacable, imparable, la maldad diabólica, perfecta. Un Gran Redentor de los acomplejados del mundo, que con razón pronto empezaron a llamarlo Messías, pues encarnaba como nadie la esperanza rencorosa, sanguinaria, de los parias de la Tierra, arrogándose esa moral de los perdedores de la que hablaba Nietzsche.
Parecía un cyborg diseñado por Joan Gaspart, imbatible, inatacable, imparable, la maldad diabólica, perfecta. Un Gran Redentor de los acomplejados del mundo, que con razón pronto empezaron a llamarlo Messías
Lo había visto debutar. Años antes, en concreto tres. Contra el Betis, en la peña bética de mi pueblo, todo literatura. Aquel día yo no debía estar allí, al fin y al cabo ya el fútbol no me gustaba, sólo el Madrid, algo que con la edad se ha acentuado del todo. Supongo que fui a ver aquel partido con la vana ilusión de que el Barcelona perdiera y el Madrid (año 2005, Luxemburgo, aquella épica de vuelo bajo, épica mediopensionista de un Madrid tan crepuscular que duele recordarlo) se acercara en el tramo final de la primera Liga de Rijkaard. El Betis se adelantó dos veces y con el partido 2-2 entró ese chico del que todo el mundo hablaba, un nuevo Maradona. El primer balón que tocó lo metió para dentro con una cucharita raulista y en verdad aquella aparición tuvo algo de la misma epifanía de Raúl en el 94, algo de aquel relámpago, trueno y deslumbramiento. Se hablaba mucho de la bomba atómica que fabricaba el Barcelona en La Masía, pero como a cada dos por tres está naciendo un nuevo Zidane, un nuevo Ronaldo, un nuevo Pelé, que hubiera un nuevo Maradona, además tan parecido físicamente, argentino, bajito, zurdo, mismo corte de pelo, un clon del Diego en el fútbol moderno, era como algo de ficción, una historia demasiado perfecta.
Pronto descubriría que no. Sólo hay algo más íntimo que el amor y es el odio. Al ser odiado se lo conoce tanto y tan bien casi que como al ser amado. Se odia lo que se teme. A nadie ha odiado nunca tanto el madridismo como a Messi porque a nadie ha temido nunca más. Ni siquiera a Xavi, por supuesto tampoco a Guardiola, pues tanto el uno como el otro sólo se han servido de Messi para hacer realidad sus sueños húmedos de aniquilación total, o mejor dicho, de sustitución. La Gran Sustitución no es eso que cree mucha gente, ese malvado plan para destruir demográficamente Occidente, sino lo que Guardiola supo que estaría cerca de conseguir cuando descubrió lo que tenía entre manos con este muchacho de Rosario, convertir al Barcelona en el Madrid del siglo XXI. Cada vez que cogía la pelota en mi casa se paraba el aire, supongo que en una reacción semejante a la de los habitantes de Desembarco del Rey cuando vieron a Daenerys encima del dragón soltando fuego por la boca.
Si el Madrid es la historia más grande jamás contada, Messi es el enemigo perfecto.
Si el Madrid es la historia más grande jamás contada, Messi es el enemigo perfecto. Messi le recordó al Madrid su condición mortal, hizo que por primera vez en los tiempos modernos el Madrid se preguntase quién era. Fue la némesis, el malo total de una película única, un Vesubio para nuestra Pompeya, el meteorito de los dinosaurios. Hubo un tiempo, entre 2009 y 2012, en que realmente parecía posible que Messi, con Guardiola, alcanzaran al Madrid en Ligas y Copas de Europa. Todo lo malo pareció posible en ese tiempo. Ese horizonte se abría por primera vez en la vida de los madridistas y era aterrador. El estilo patriarcal y un punto suicida de no dudar jamás de uno mismo era el que había permitido al Madrid, en toda época y circunstancia, realizar proezas al límite de lo racional. Eso vino a casi demolerlo Messi a base de someter al Madrid a palizas sin número ni nombre, de modo que la derrota nunca era suficiente, se pretendía la sumisión. Eso estuvo cerca de pasar porque además el momento histórico era propicio: el sueño florentinista, agotado, dejó un reguero de cadáveres tan ampuloso y largo como pomposa había sido la gloria y el oropel.
Un amigo mallorquín, que en algo conoce el paño mediterráneo, dice que Barcelona es una agencia de publicidad. Yo creo que la situación política en España, con la cuestión catalana entrando en erupción, convirtió a Messi en el regalo soñado para esa factoría de humo, ruido y vacío. De repente tenían el producto perfecto para crear el relato perfecto, la palanca, en la era de la imagen y el diseño de la nada, que sirviera al nation building catalanista para romper definitivamente con el status quo al tiempo que España se asomaba al abismo económico absoluto. Messi no era sólo la posibilidad de aniquilar al Real Madrid en tanto que rey del fútbol mundial, sino en tanto que idea de España. Messi fue la exportación de una imagen de Catalonia al mundo, la de un país nuevo, moderno, fresco, dinámico, guay, cool y sobre todo, ganador. We love football fue el tifo azulgrana en Wembley, en 2011, el clímax de este estado de cosas (siempre un tifo y una coreografía en la génesis del procesismo). Apogeo de Messi y de Guardiola ante el gesto malencarado y la queja (legítima, pero eso qué importa en la Era Twitter, del Madrid de Mourinho, la España enfadada), preconfiguración de todo lo que vimos en octubre de 2017.
A mí me creó problemas de identidad como hincha del Real que no había sufrido antes y que no he vuelto a sufrir después. De hecho su increíble capacidad de devastación futbolística parecía alimentarse de todo el miedo de todos los madridistas del mundo medido en hectolitros, así como del sueño onanista de millones de antimadridistas que veían por fin de rodillas al diablo blanco. Logró que ser del Barcelona fuera lo que estaba bien, lo que molaba. La respuesta del Madrid era Khedira y sudor, eso no podía enamorar al mundo de ningún modo. Messi no sólo los hacía vencer, sino que seducía a las masas. Ser del Madrid empezó a ser como apoyar a los grises en los 70, estar en contra de todo lo bueno y de lo bello, una cosa muy loca, hasta tal punto llegó la jibarización espiritual. Los clásicos, desde el 2-6, fueron puro terror psicológico. Por eso la imagen de Marcelo en el último (quién me iba a decir que aquel Messi melancólico e incapaz, reducido a escombros, iba a ser el último Messi de azulgrana que pisara el Bernabéu) Clásico robándole en un suspiro la pelota en un sprint hacia la muerte fue algo más que una acción decisiva o un “highlight”: fue un cambio de época. El terror se había terminado y dejaba paso a la nostalgia, porque también se puede sentir nostalgia de una relación tan cómplice como la que Messi ha entablado con los madridistas.
Ser del Madrid empezó a ser como apoyar a los grises en los 70, estar en contra de todo lo bueno y de lo bello, una cosa muy loca, hasta tal punto llegó la jibarización espiritual.
La Era Messi transitó hacia la Era Zidane precisamente porque una es consecuencia de la otra. Desde una perspectiva histórica, se puede incluso defender que la necesidad metafísica que el barcelonismo tenía de un Messi es consecuencia de la prevalencia secular del Madrid, de la existencia del Madrid como macho alfa del fútbol en España y en Europa. Así que todo es un relato circular, como el del combate entre el Bien y el Mal. El Madrid pierde al adversario más formidable de todos, precisamente el que le obligó, asomándolo al precipicio de la Historia, a reinventarse y a construir un equipo de leyenda que fuera capaz de conjurar el peligro de benfiquización, de milanización, un peligro muy real en 2009. Pero no sólo ha sido a nivel institucional, a nivel, digamos, operativo. Para los futbolistas que luego fueron jerarcas, el enfrentamiento diario con Messi y las sucesivas humillaciones supusieron la mejor instrucción posible. Ahí nace la condición de Ramos, de Marcelo, de Modric, del propio Ronaldo, después de todos los que fueron viniendo para hacer posible las tres Copas de Europa seguidas, Kroos, Casemiro, etc. Messi los hizo mejores futbolistas porque les enseñó a perder. Perder es imprescindible para saber ganar, para descubrir por fin el arcano de la victoria. Nadie hizo perder más al Madrid que Messi. Sobre todo, nadie hizo perder al Madrid así, como Messi.
La Liga pierde una rivalidad que ha cambiado la Historia del fútbol. El western entre Ronaldo y Messi ha distorsionado la manera en que percibimos las cosas: el hecho de que un tipo meta 30 goles en un campeonato cualquiera no sólo nos parece poco, sino que lo consideramos ridículo, como si futbolistas de dimensión histórica como Raúl no llegaran a ganar el pichichi con 21 goles raspados. Messi y Ronaldo se alimentaban mutuamente y la carrera entre ambos por ser el mejor sembró las vitrinas de sus clubes de títulos y de récords. Destruyeron esa antigua creencia supersticiosa de que para que uno pueda estar fuerte el otro debe estar débil: un Barcelona poderoso posibilitó un Madrid poderoso. Este duelo ha elevado el juego a una categoría de Playstation, pero parece que ni siquiera los llamados a heredar esta nueva estética, esta nueva plasticidad, esta nueva mecánica del fútbol que conjugaba velocidad, precisión, virtuosismo y antropofagia podrán siquiera igualar los registros de ambos fenómenos. La Liga ha sido un campo de batalla durante 9 años que ha engrandecido incluso a subalternos como Atlético de Madrid, Sevilla o Valencia. Añoraremos el Ronaldo-Messi también por ser la despedida gloriosa de un fútbol viejo, obsoleto ante las fastuosidades de plástico que nos traen los clubes-Estado, con su dinero infinito y su adulteración evidente de las reglas del juego. Con Messi, el Madrid es una Roma que se queda, por fin, sin Aníbal.
Fotografías Getty Images.




