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Opinión·8 de julio de 2019

Niko Mirotic, de ratones y hombres

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Mario De Las Heras

No sé cuáles son los motivos por los que Nikola Mirotic ha decidido irse a jugar al Barcelona. Tampoco es algo que quiera saber porque nada de lo que pudiera decir podría cambiar mi opinión. No es que yo adorara a Nikola Mirotic. Yo adoro a Modric, por ejemplo, o a Doncic, y tampoco nos iríamos a castigar si sucediese con ellos lo mismo que ha sucedido con Mirotic. Hay que ir desdramatizando este tipo de cosas en el deporte, cada vez más profesionalizado.

Lo que ocurre es que hasta que lleguemos a ser tan fríos como, por ejemplo, la NBA (y eso que tampoco son témpanos a pesar de todo: acordémonos del recibimiento que se le daba a Lebron James en Cleveland cada vez que jugaba allí de visitante), las pequeñas idiosincrasias de la vida existen para respetarlas, para recordarlas siempre.

He visto a Mirotic grabar un vídeo para su nueva afición con esa sonrisa de Lennie Small y me he acordado de su triste periplo de rancho en rancho durante la Gran Depresión. No sé qué pasará con Nikola, pero es cierto que no parece arraigar en los equipos igual que Lennie en los ranchos, y no creo que sea por su afición a tocar y abrazar cosas suaves.

A Nikola Mirotic tuve la oportunidad de entrevistarlo hace once años. Estaban presentando los equipos juveniles del Madrid y allí estaba él. Era noticia porque ese año iba a empezar a jugar partidos con el primer equipo. Recuerdo cómo me miró Alberto Herreros. Fue como si me cacheara sin tocarme, justo antes de decirme que tenía cinco minutos. Sólo recuerdo vagamente una pregunta de las que le hice, y fue acerca de Dirk Nowitzki, que al parecer era su ídolo. Puede que incluso lo llamaran el nuevo Nowitzki o algo así.

Lo que se me ha quedado grabado de él todos estos años es su cara y su aspecto y su manera de hablar a lo Lennie. Siempre lo he tenido en mi pensamiento como a ese personaje de Steinbeck, incapaz de hacer daño a alguien conscientemente, pero capaz de hacer todo el daño inconscientemente.

Alberto Herreros me interrumpió sin cuidado y me dijo que se había acabado el tiempo. El niño Mirotic se marchó con su sonrisa de Lennie y a Herreros le faltó cubrirlo con una toalla como si fuera su pequeño saliendo aterido de la piscina. Nikola era un hijo para el Real Madrid, un poco Annakin Skywalker, no tanto por su poder sino por su rareza insondable, la que acabaría destapándose con la madurez.

He leído que se ha ocupado en estos últimos días de borrar tuits en los que hacía gala de su madridismo. Yo sólo por no tener que hacer algo tan triste hubiera desestimado la idea de jugar en el Barcelona, ¡cómo si no tuviera equipos en los que recalar!, aunque imagino que alguien le ha debido de convencer. Que alguien te convenza de no respetar las pequeñas idiosincrasias de la vida es peor que no respetarlas tú mismo.

En El indomable Will Hunting, el personaje de Robin Williams le dice a Will (Matt Damon), que lo mejor de la vida son las pequeñas idiosincrasias; y le confiesa entre risas con los ojos húmedos que una de las cosas maravillosas de su mujer muerta era que se tiraba pedos mientras dormía. Esas eran las cosas que verdaderamente le gustaban de ella. Las pequeñas idiosincrasias.

No veo a este Lennie con la sensibilidad del verdadero Lennie. Parece un boxeador sin seso llevado de aquí para allá (nunca mejor dicho) por sus representantes mientras, en el ínterin, le dicen que vaya borrando sus tuits, su vida, sus orígenes, las pequeñas idiosincrasias del Real Madrid que nunca debieron significar nada para él, aunque lo fueran todo. Decía al principio que no sabía los motivos por los que Mirotic va a jugar en el Barcelona, pero en realidad los ha mostrado claramente para que podamos decirle adiós casi con alegría después de la lógica, y breve, decepción.

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