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Destacados·20 de junio de 2020

Nuevos ricos

A

Antonio Vázquez

No seré yo el que niegue la estrecha relación entre el Real Madrid y la exigencia. Requerir el máximo es una de las señas de identidad del club, tanto como lo son el color blanco, la capital de España o la Copa de Europa. El madridista no se conforma, siempre quiere más. Lejos de considerar esta actitud un defecto, creo que en ella descansa uno de los grandes dividendos de la entidad, quizás el principal secreto de su incomparable historial. La complacencia no se baraja como una opción, y eso acaba siendo uno de los motores para buscar incansablemente un éxito tras otro.

Al igual que creo que ser exigente es indispensable para ser madridista, también he detectado una tendencia creciente por la que una parte de los aficionados ha elevado el listón a superar por el club hasta una posición virtualmente inalcanzable, que conduce a la frustración. Sin ánimo de buscar fracturas generacionales, hay muchos seguidores madridistas que han crecido viendo a su equipo encadenar títulos europeos sin parar, y que considera este escenario su hábitat natural, cuando en realidad no lo es. Aunque en las vitrinas del Bernabéu haya trece relucientes copas de Europa, envidia de cualquier rival, deberíamos recordar que la competición se ha disputado en 64 ediciones. Si considerásemos el triunfo en el trofeo más importante del mundo como único baremo para medir la gloria, el equipo con más éxito de todos los tiempos habría fracasado en casi el 80% de las participaciones en su competición fetiche. Es decir, que lo habitual es no ganar el premio gordo de la lotería cada año, lo absolutamente extraordinario es haberlo conseguido en cinco o tres ocasiones consecutivas.

Sin duda, es difícil hablar de nuevos ricos cuando nos referimos a seguidores del club más laureado del planeta, pero aquellos que hemos recorrido (toda o en parte) la larga travesía por el desierto de 32 años en la Copa de Europa, o la más reciente de 12 años entre la novena y la décima, puede que seamos más conscientes de esta realidad que jóvenes cuyo horizonte temporal comprende menos años y se ha alimentado con muchas piezas de caza mayor en cuanto a trofeos en muy poco tiempo. Tampoco se trata exclusivamente de una cuestión de edad, conozco a madridistas mayores que yo que también se han asentado en la ‘hiperexigencia’. Todos ellos han deformado la crítica razonable hasta convertirla en un cúmulo de metas imposibles. Basta con echar un breve vistazo a las redes sociales para leer furibundas soflamas que exigen la lapidación de al menos media plantilla, siendo además muchos de los jugadores señalados, leyendas en activo del club. Llegan tras una derrota, un error individual puntual o incluso por sufrir una goleada en algo tan banal como un amistoso de pretemporada. También son habituales ataques desaforados al único entrenador de la historia que ha encadenado más de una Champions League (con este formato) por una alineación, convocatoria o un cambio. O despiadados desprecios hacia algunos futbolistas por su supuesta falta de calidad u otras cuestiones de cualquier índole (ejem, ejem, Bale), quizás sin reparar en que la plantilla de los últimos años es una de las mejores de la historia del club y, por ende, de la historia del fútbol, por lo que su nivel medio es elevadísimo, incomparable con el que había hace, por ejemplo, tres décadas. Por suerte, el Real Madrid está regido por profesionales extremadamente capacitados y no por gente que habría despedido a una decena jugadores extraordinarios por un calentón veraniego.

Es bastante infantil creer que el Madrid, por el mero hecho de ser el Madrid y tener su magnífico historial va a ganar cada partido, y va a hacerlo además sin sufrir, paseándose. No existen los equipos invencibles. De hecho, la incertidumbre es lo que de verdad hace interesante el fútbol y cualquier deporte. Si estuviésemos completamente seguros de la victoria de los nuestros y los pronósticos se cumplieran una y otra vez, los triunfos irían perdiendo progresivamente valor. La derrota es una posibilidad cada vez que se salta a un terreno de juego. Puede llegar porque el rival ha sido mejor que tú, por errores del entrenador, de los jugadores y también de árbitros, circunstancia esta última que se da con el Madrid con mucha más frecuencia de lo que la verdad mediática refleja. El simple hecho de ganar mucho dinero o haber ingresado en el selectísimo club de futbolistas con el honor de defender la elástica blanca no elimina la posibilidad de incurrir en fallos o de que el contrincante simplemente te supere.

Ganar es el fin último y la razón de ser del Madrid, pero hacerlo siempre no puede convertirse en la única obligación. El verdadero deber de la entidad, la aspiración de cada miembro del equipo, empleado o directivo tiene que ser competir permanentemente, esforzarse al máximo para honrar la leyenda blanca. He visto al Madrid competir y ganar, competir y perder, vencer con poco esfuerzo y la opción más dolorosa de todas, perder sin honrar lo que significan ese escudo y esa camiseta. Por supuesto, no deseo ver al mi equipo fracasar nunca. Cuando esto ocurre, me enfado como cualquiera, pero intento asumir que las derrotas son inevitables, digerirlas y volver a apoyar. Al leer o escuchar a parte de estos nuevos ricos del madridismo, prefiero refugiarme en lo que aprendí de mis mayores, en confiar ciegamente en las posibilidades de mi equipo, alentarlo y jamás pitar desde mi asiento de abonado a uno de los nuestros, entre otras cosas porque perjudica al equipo en su conjunto. También yo juzgo con severidad a los futbolistas que no hacen merecimientos para disfrutar del privilegio que supone jugar en el mejor club del mundo. Lo que no hago es pedirles que sean perfectos. Como decía ‘el Negro’ Fontanarrosa: “La perfección es obsesiva. Y eso es un defecto”.

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