Os habéis cargado el fútbol
Editorial La Galerna
Preferiría hablar de gestas de futbolistas. De Bordalás y de sus exhibiciones como estratega, capaces de esconder los defectos de su equipo como nadie y de maximizar sus virtudes. De fichajes que ilusionan a los aficionados en lugar de las ventas para cuadrar el fair play, las deudas, las penurias económicas. Preferiría hablar de fútbol. Del fútbol en el que me alisté de niño y que me ilusionaba cuando terminaban los veranos de la infancia, cuando mi mayor preocupación era rellenar los espacios del álbum de cromos de la liga antes de que empezara el colegio.
Lo odio, pero tengo que hablar de Tebas. De su afán por manipular la competición desde cualquier vértice geodésico al que pueda acceder. De su omnipresencia en cada escándalo, en cada decisión incompatible con la lógica; de su incompetencia como gestor, incapaz de generar valor desde el monopolio del activo más valioso de la industria del deporte; de sus caducas estrategias de marketing; de su bochornosa compra de voluntades de periodistas y políticos.
Hay que hablar de él y de la caterva de chatarreros con duros, venidos a más, que aún le sostienen por el miedo de perder la limosna con la que van tirando. No hay una persona menos adecuada para su puesto que Tebas, con más cicatrices profesionales y menos miedo al ridículo. Pero no se irá hasta que deje de ser útil para ese club del que usted me habla y sus grotescas terminales, como Miguel Galán, “querellator”, pequeño trasunto de un Laporta-persona irreconocible, ya disuelto en el Laporta-personaje.
Y tengo que hablar de Rafael Louzán, sucesor de una saga de individuos que cumplieron con la condición sine qua non de ser corruptos para ostentar la presidencia de la Federación en los últimos casi cuarenta (¡cuarenta!) años. Louzan prometió la paz en el fútbol y no se le ocurrió mejor idea para conseguirla que aceptar la autoproclamación de Tebas como vicepresidente de la RFEF, encarnación del absolutismo del Vladimir Harkkonen del fútbol español. Prometió regenerar el CTA mencionando una conversación privada con Florentino Pérez, lo que convirtió la petición del presidente del Real Madrid en una prueba de favoritismo equivalente a diecisiete años de pagos a un dirigente arbitral para la España fea. Empate.
Y tengo que hablar de porqué está mal visto que el Bernabéu no pueda corear, ni de cachondeo, el nombre de pila de Mastantuono, en una España enferma de odio. Una España preocupadísima por la inscripción del futbolista en el filial del Real Madrid e ignorante voluntaria de actos de racismo en el deporte, de la persecución a Vinicius por la más baja ralea de compañeros de profesión y de la provocación a los jugadores de nuestro equipo por los árbitros supervivientes del negreirato, prevaricadores certificados por AENOR.
Odio tener que hablar de la permanente indulgencia con el mismo club mentiroso, que sabe que no tendrá un estadio hasta 2027 y que se cree legitimado para decidir dónde y en qué orden juega sus partidos, a conveniencia, ante la pasividad, cuando no celebración, del resto de clubes menos uno, y con la tolerancia activa de los putrefactos organismos del fútbol. El abuso es constante, insoportable. Cuando se les recuerdan las reglas, se victimizan y sacan la artillería de tópicos de su manual de supervivencia: Franco, las lamas del Bernabéu, RMTV, Florentino…
Y les tengo que hablar de que el Ayuntamiento de Barcelona lleva meses recibiendo presiones políticas para abrir un Camp Nou en obras, sin las condiciones mínimas para garantizar la seguridad de decenas de miles de personas en un evento. Lo afirmó Helena Condis, periodista de la COPE, en el programa deportivo nocturno desde el que cuenta la actualidad del Barcelona. El acto esperpéntico de Laporta anunciando desde el césped que el trofeo Joan Gamper se jugaría en el estadio, no fue más que el último intento de conseguir una licencia express por presión política. Información de fuentes del propio club. Afortunadamente, los técnicos del ayuntamiento de Barcelona tienen más luces que este Laporta crepuscular, y harán su trabajo diligentemente para evitar dar con sus huesos en la cárcel por una grave negligencia.
Y tengo que hablar, desgraciadamente, de "El Chiringuito de Jugones", que acoge a una recua de los personajes que más daño le han hecho al fútbol en España. El programa abusa de un formato agotado, como en su día lo fue "Tómbola", la telebasura ("que te calles, Karmele") que cautivó a una sociedad que empezaba a despreocuparse de llegar a fin de mes, pero consumía pienso de baja calidad. La persecución de algunos de los colaboradores del programa, los insultos y el abuso mediático, imperdonable, sobre un joven Vinicius, están en el origen de lo que estamos viendo hoy. De lo que vimos en el Carlos Tartiere. De la burla al odio y del odio a la deshumanización. Entonces un chaval de 18 años, hoy un hombre de 24. Les recomiendo una lectura lenta y reflexiva de este post de Guillem Balagué, un periodista de verdad, muy culé para más señas:
"Estuve escuchando los (desde mi punto de vista, erróneos) debates en tele y radio sobre Vinicius y tengo que añadir varias cosas. LaLiga ha abierto una investigación por los insultos racistas contra Vinícius en el estadio Carlos Tartiere. El propio Real Oviedo ha prometido llegar hasta el final. Sin embargo, mientras las instituciones se mueven, el DEBATE MEDIÁTICO en España vuelve a quedarse en el mismo punto: se reconoce la causa del enfado del brasileño —los insultos racistas—, pero se le reprocha el resto de su comportamiento. Se repite una letanía: “sí, le insultan, pero debería comportarse mejor”. Como si se pudiera SEPARARSE UNA COSA DE LA OTRA. Como si no formaran parte de un mismo proceso. Cuando Vinícius se encara con la grada o gesticula que el rival descenderá a Segunda, se interpreta como una actitud arrogante, fuera de lugar. Pero esa reacción NACE DEL MISMO LUGAR que sus protestas contra el racismo: una lucha constante contra un entorno hostil. El sociólogo W.E.B. Du Bois lo describió hace más de un siglo con el concepto de doble conciencia: “Siempre se siente esta doble identidad: ser un mismo y, al mismo tiempo, verse a través de la mirada de los otros”. Eso vive Vinícius: es él mismo, alegre, desafiante, competitivo; pero constantemente percibido desde una mirada blanca que le exige calma, docilidad y sonrisa permanente. El problema no es sólo lo que se dice, sino quién lo dice. En la radio y la televisión deportivas en España las voces son, en su inmensa mayoría, de hombres blancos. Muy pocas mujeres, y apenas periodistas negros. Esto no implica racismo explícito, pero sí una falta de diversidad que empobrece el análisis. Stuart Hall lo advirtió: “Los medios no sólo transmiten información, construyen significados”. Si todos los que construyen esos significados parten de experiencias semejantes, las conclusiones serán limitadas. No se trata de mala fe, sino de un marco cultural homogéneo que no alcanza a comprender lo que implica sufrir racismo en el día a día. Frantz Fanon, en ‘Piel negra, máscaras blancas’, lo expresó con claridad: “El hombre negro tiene que luchar dos veces más para ser aceptado como hombre. Esa sobrecarga se traduce en rabia, en tensión, en gestos que desde fuera parecen excesivos. Pero vistos desde dentro son pura supervivencia. Cuando la prensa española reclama que Vinícius se limite a “jugar y callar”, reproduce lo que el sociólogo Eduardo Bonilla-Silva llama “racismo sin racistas”: marcos culturales que no insultan directamente, pero que culpan al propio afectado de su reacción. Yo mismo soy hombre blanco, y sé que nunca comprenderé del todo lo que significa vivir el racismo. Pero en el Reino Unido aprendí a escuchar voces diversas y a reconocer que la riqueza del debate sólo surge cuando se incorporan experiencias distintas: de raza, de género, de clase, de orientación sexual. La teórica Sara Ahmed lo resume bien: “La diversidad no es un adorno institucional, sino una práctica de transformación. Sin voces diversas, las instituciones repiten el mismo discurso de siempre”. No acuso a la prensa española de ser racista. Pero sí de no hacer lo suficiente para variar el discurso. En el caso de VinIcius, eso tiene consecuencias claras: se acepta que sufre racismo, pero se le reprende cuando responde con su carácter. Para mí, AMBAS COSAS SON LO MISMO: resistencia frente a un mundo que le quiere encajado en un molde ajeno. El día que la prensa entienda que sus gestos, sus protestas y su manera de jugar son inseparables de su experiencia, el análisis será más justo. Y, sobre todo, más humano".
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