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Opinión·14 de abril de 2018

Pep Guardiola nunca pierde

A

Antonio Valderrama

En la noche del martes, después de quedar eliminado su equipo por cuarto año consecutivo de la Copa de Europa, Pep Guardiola aludió en rueda de prensa al Real Madrid. No fue el Madrid sino el Liverpool quien sucedió al Mónaco (quien a su vez había sucedido al Atlético de Madrid, y éste al Barcelona, quien tomó en 2015 el relevo, esta vez sí, del Real) en la tarea de apear a su equipo de la competición; no obstante el hombre del lazo arrugado mencionó el enfrentamiento entre el campeón y el Bayern de Munich de abril del año pasado para quejarse de la incidencia arbitral en el destino de su City en esta copa. Comparó el gol anulado a Sané con la expulsión de Arturo Vidal aquel día en el Bernabéu. “Este tipo de acciones, marcan la diferencia. El año pasado expulsan a Vidal injustamente contra el Real Madrid en el momento en el que mejor estaban jugando”, como si un poquito antes de ese Madrid-Bayern no hubiera ocurrido lo de Barcelona y el PSG.

Dice el historiador israelí Yuval Noah Harari en Homo Deus que el ser humano necesita del relato para sobrevivir. Esta no es una cuestión puramente subjetiva: así funciona también, por ejemplo, el mecanismo de la visión. O el cerebro. El relato convierte una tormenta de hechos fragmentados, aleatorios y dispersos en algo coherente a lo que se puede dar sentido, interpretar y creerse. Todo esto por supuesto no es cosa nueva. Guardiola lo sabe bien, y lo maneja como nadie en el negocio del fútbol.

En España se dio una situación que elevó para siempre a Guardiola al santoral: su magnífico Barcelona coincidió en el tiempo con el arco triunfal de la selección española, lo que sacralizó tanto su figura como sus métodos, sobre todo en contraposición a la figura y al método con el que el entrenador del Madrid, Mourinho, quería terminar con su hegemonía.

Gran parte de la leyenda creada en torno a su figura tiene que ver con el Madrid. ¿Alguien puede imaginar qué sería de la estela subjetiva que su Barcelona ha dejado en el imaginario popular sin el 2-6 o el 5-0? De igual modo la trayectoria europea de ese equipo está jalonada por dos resultados particulares que sobresalen por encima de todos los demás: el 4-0 al Bayern de Munich en 2009, incontestable, y el 0-2 al Madrid en 2011.

Cualquiera puede recordar en qué circunstancias se produjo aquel resultado, como también el 1-1 de la vuelta que clasificó a su equipo para la segunda final en tres temporadas contra el Manchester United de Ferguson: para mí siempre será el partido en el que vi anular un gol porque un jugador cometió falta cayéndose de espaldas. Cristiano Ronaldo puede apuntar ese récord a la larga lista de proezas que atesora como futbolista. ¡Derribar a un rival sin verlo, después de que se empotren contigo mientras tú llevas el balón!

En su primera Copa de Europa, el Barça de Pep eliminó al Lyon, al Bayern y al Chelsea. Empató los tres partidos fuera de casa, entre ellos el célebre de Stamford Bridge arbitrado por Ovrebo. En la final, en Roma, venció gracias a un gol de Etoo y a otro de Messi, que tuvo la inelegancia de rematar de cabeza un centro al área.

En su segunda conquista europea, su Barcelona apeó al Arsenal perdiendo en Londres en la ida; al Shaktar Donetsk, venciendo en Ucrania, y al Madrid, en el partido en el que a Dani Alves lo derribó con espantosa violencia una corriente de aire que se formó de repente en la banda derecha del Bernabéu. En la final de Wembley, Messi cometió otra torpeza fascista-madridista al atreverse a chutar desde fuera del área, marcando así el 2-1 de un partido que terminaría con victoria barcelonista sobre el United por 3-1.

Bien, el Barcelona de Guardiola es, si se pregunta por la calle, una de las cimas de este deporte. Sin embargo, sí que es cierta una cosa: jugaba muy bien, pero no tanto como se daba a entender. Ciertas acciones de espíritu, digamos, propagandístico, ayudaron a forjar esa imagen ya indeleble de escuadra portentosa que practicaba un fútbol celestial, un juego que no era de este mundo y al que el resto de mortales debía aspirar a toda costa. Como todo hermoso relato también éste tuvo su contrarrelato: hay quien sospechaba que, en realidad, Guardiola había dado con una formación táctica que maximizaba la mayor virtud de una serie de extraordinarios futbolistas como Xavi, Busquets o Iniesta, el control del balón, cuyo objeto era desarrollar un estilo de juego pasivo, en términos de balonmano, que destruyese psicológicamente al adversario generando el espejismo de un asedio sin fin parecido a La Jaula, el sketch de los dibujos animados japonesa de Oliver y Benji.

el barça de guardiola jugaba muy bien, pero no tanto como se daba a entender

Al relato guardiolista contribuyeron, por supuesto, tanto la herencia cruyffista como las victorias de España en el Mundial de Sudáfrica y en la Eurocopa de Polonia y Ucrania. Desde luego hubiera sido otra cosa sin la eclosión de un futbolista monstruoso como Messi, pero eso es como preguntarse qué hubiera pasado si Hitler hubiese destruido Dunkerque antes de la evacuación del ejército francobritánico. Una ucronía.

Guardiola, como entrenador, vive estupendamente del relato. Se aprovecha porque es un hombre bastante inteligente, de innegable talento como manager y entrenador de fútbol. Hijo del cruyffismo original, parece que entendió bien el constructo psicosocial mediante el cual una Copa de Europa ganada gracias a un free-kick o tres Ligas de cuatro regaladas en la última jornada por catástrofes del adversario se transforman por ensalmo en inalcanzables logros que trascienden lo deportivo para alcanzar el terreno de lo olímpico.

En un reciente artículo publicado por The Irish Times, el periodista, Barney Ronay, se preguntaba si Guardiola no sería, a pesar de todo, un fraude. La palabra suena gruesa, más en inglés que en español. El mismo periodista, sin embargo, también alude a la condición de Guardiola de arquitecto del “equipo más convincente de la era moderna”, en referencia a su Barcelona. No es posible sospechar de los periodistas anglosajones en este aspecto, casi tan rendidos a la mística del guardiolismo como la prensa de Madrid. “¿Es Guardiola un fraude calvo?”, titula la pieza, jugando con la polisemia de bald, que puede ser calvo o simple, es decir, sencillamente, un fraude. Dirime la cuestión comparando las estadísticas de posesión y tiros a puerta del virtual campeón de la Premier con los resultados de sus tres últimos partidos, grandes partidos, los dos del Liverpool y el derby de Manchester. Entiende que el resto de entrenadores del mundo han encontrado una manera de meterle mano a “the fine point machinery of Guardiola’s team”.

No le ha pasado sólo este año. Mourinho y Di Matteo derrotaron a su onírico Barcelona y desde entonces Guardiola lleva repitiendo un patrón similar en los partidos de la verdad, es decir, en la Copa de Europa. Con un global de 5-0 en 2014, 5-2 en 2015, 3-2 en 2016, 6-6 en 2017 y 5-1 en 2018, parece claro que a la tiranía del fútbol divino le ha salido una disidencia goleadora.

A Guardiola se le han escrito dos libros, que yo sepa. No puedo opinar porque no me los he leído. Pero las notas hagiográficas en prensa española, deportiva y generalista, siguen estando a la orden del día. Guardiola nunca pierde: es el sistema. Ha conseguido instalar en la opinión pública la ilusión de que sus equipos, comprados con el mismo dinero que el del resto de clubes de la élite en la que compiten, son en realidad bandas del patio, de chiquillos alegres y entusiastas que no juegan para ganar, sino por el bien. Durante seis meses, desde agosto a septiembre, sus equipos juegan para la paz mundial y la felicidad de los pobres porque ganar es algo demasiado hortera; llega la primavera y el hombre se enfada como cualquier hijo de vecino cuando no gana lo que quiere ganar, pero entonces, casi nunca es culpa suya.

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