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Opinión·20 de marzo de 2019

Perder para ganar

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Pepe Kollins

La actual ha sido una temporada de fracasos y frustraciones, pero también de mucho sueño. No, no lo digo porque el equipo de fútbol del Real Madrid me haya aburrido, que en ocasiones también, sino porque durante este curso han sido muchos los días de poco descanso. La razón: un jovenzuelo esloveno cuyos partidos comienzan de madrugada y que casi se ha convertido en el único acontecimiento deportivo que me ha proporcionado alegrías. Han sido decenas las noches en vela viendo jugar a ese adalid del madridismo que es Luka Doncic. Primero, con la ilusión de que pudiera despuntar en la mejor liga del mundo. Posteriormente, con la alegría de verle triunfar por todo lo alto. Y finalmente, con la extrañeza de contemplarlo haciendo algo que jamás había experimentado a lo largo de su carrera: integrarse en una dinámica perdedora o, lo que es peor, intentar aceptar la derrota. Luka lo está llevando muy mal.

Se le llama “tankear” (tanking). Para muchos será un concepto extraño, pero en resumen refiere a la dinámica premeditada que adoptan algunos equipos de ligas profesionales norteamericanas consistente en favorecer sus propias derrotas. No se trata tanto de que los jugadores se dejen ganar - lo cual está prohibido - sino de implementar una estrategia desde la dirección deportiva y la dirección técnica, que favorezca perder – que también está prohibido, pero es más difícil de demostrar-. Sin duda, se trata de uno de los peores males de un ámbito, el deporte profesional estadounidense, que en casi todos los demás aspectos le saca muchos años de diferencia al resto.

El motivo de esta práctica tan reprobable no es otro que el beneficio que obtienen las franquicias que ya no aspiran a los grandes logros – ganar el campeonato o simplemente clasificarse para los playoffs –, al disponer de más probabilidades de conseguir una buena posición en el draft siguiente (el sorteo de jugadores de fuera del ámbito de la NBA), cuanto peor clasificados queden.

La lógica sería: “si no tengo opciones de alcanzar mis objetivos es mejor perder para reforzar el equipo la próxima temporada”. Lo que al principio surgió como un sistema compensatorio para evitar el desequilibrio entre equipos, ha terminado derivando en una espiral absurda en la cual cada vez más formaciones luchan a degüello por las peores posiciones de la clasificación. El propietario de los Dallas Mavericks, Marc Cuban, fue sancionado en febrero del año pasado con 600.000 dólares por declarar - en el podcast de Julius Erving - que "perder es nuestra mejor opción".

Pero más allá de la búsqueda, deshonesta, de una ventaja - favorecer una futura mejor plantilla -, el “tankeo” se basa en un concepto, asimilado en la conciencia deportiva norteamericana, que no necesariamente tiene una connotación negativa: los proyectos son cíclicos. Esto que parece una obviedad es una máxima que, no obstante, en Europa nos cuesta asumir, ante el rechazo que nos provoca esa parte de los ciclos que es la derrota.

No sería muy creíble concluir que los europeos - los españoles en nuestro caso - disponemos de un espíritu ganador, ni mayor conocimiento sobre cómo ganar, superior al de una sociedad, la de Estados Unidos, que continúa siendo el paradigma de lo que es competir para triunfar. Si los norteamericanos han validado que la solidez de las victorias futuras se basa en la aceptación de las derrotas presentes, por algo será. Se trata, primero, de asumir lo inevitable: todos, sin excepción, terminamos perdiendo. Consiste, a continuación, en reaccionar frente a esa circunstancia ineludible, la derrota o los periodos de declive, utilizándolos a tu favor: como un campo de abono de lo que serán tus éxitos futuros. Se trata, en definitiva, de trazar y ejecutar un plan que no eluda que en algún punto se producirá una decadencia.

Dallas, por ejemplo, una franquicia de éxito, inmersa en una fase de derrotas desde hace temporadas, está construyendo un proyecto para convertirse, en un par de años, en un equipo ganador que se perpetúe durante una década. La franquicia no solo se ha hecho con el mejor rookie del año, Luka Doncic, sino que ha desmantelado su quinteto titular, vendiendo a cuatro de sus mejores jugadores, para fichar a una de las estrellas del campeonato, el letón de acento sevillano, Kristaps Porzingis y conseguir, además, suficiente espacio salarial para poder hacer sitio a otro gran jugador más.

En este periodo de derrotas en el que ahora está inmersa la entidad texana no se percibe nerviosismo alguno. Los jugadores no se sienten presionados por esta mala racha, al revés, la viven como un periodo de formación y adaptación que favorecerá sus carreras y el potencial de la plantilla. Los aficionados no cargan con virulencia contra los dirigentes por los malos resultados. Ni los medios de Dallas censuran la política deportiva, la secundan. Tan solo Luka Doncic resopla al término de los partidos por lo insoportable que se le hace asumir que ahora no toca ganar. Es lo que tiene haber crecido en una cultura, la del Real Madrid, que inocula la fiebre por la victoria, hasta un límite que, ni tan siquiera, sabemos si es conveniente.

Este verano muchos vislumbramos una etapa de transición en el Real Madrid de fútbol. Algunos, que así lo percibían, se enervaron frente a esta circunstancia al considerarla impropia de la entidad blanca. A otros, contemplar esa opción les resultaba tan inadmisible que ni tan siquiera aceptaban valorar que fuera cierta. Los hay que sí consideraban que el club había adoptado por esa vía, pero dudaban de su éxito, precisamente, por esa incapacidad del entorno madridista de asumir que a su equipo también le afecta eso que llamamos ciclos. Y por último había unos pocos, que certificaban el hecho – que se había optado por una etapa de transición - y que defendían su conveniencia y hasta su legitimidad, toda vez que el equipo venía de un periodo de éxitos histórico.

El club no se ha pronunciado al respecto, más allá del típico mensaje de que tenemos a los mejores del mundo – carente de valor al haberse repetido hasta en la peores temporadas -, si bien sí se ha deslizado la idea de que no se va a invertir mucho dinero excepto en jugadores que merezcan la pena, que son pocos y difícilmente accesibles. Si al declive que se inició la temporada pasada – como reconoció el propio Zidane -, se añade la venta de tu mejor jugador y una escasa inversión posterior, disponiendo – según las cuentas auditadas – de una economía saneada, se ha de deducir que estás asumiendo una etapa de transición.

No estoy afirmando que el Real Madrid de fútbol haya tankeado esta temporada. Pero sí que ha esperado a tiempos mejores asumiendo el concepto cíclico que antes se enunciaba con respecto al deporte americano. Desde su inocencia, propia de un chico de 18 años, Vinicius Junior declaró al término de la eliminatoria de Champions contra el Ajax: “en el vestuario sabíamos que el año sería de readaptación tras la salida de algunos jugadores como Cristiano Ronaldo. Sabemos que sería difícil”.

Es de pensar, por tanto, que el club consideró que un esfuerzo de inversión el verano pasado hubiera parcheado la situación esta temporada, pero en detrimento de una inversión futura, de mayor calado y sostenibilidad a la que no estaban dispuestos a renunciar. No se trataba, por tanto, de dejarse caer como de intentar competir con lo que se tenía, que era mucho más de lo que se ha demostrado, aunque mucho menos de lo que se podía haber hecho en términos de corto plazo.

No son pocos los que rechazan este razonamiento de costes (en favor del medio y largo plazo) considerando que el Real Madrid no puede asumir no intentar tener la mejor plantilla posible, en presente, a riesgo de sumar un año en blanco, circunstancia, para ellos, del todo inadmisible. Pero lo cierto es que no hay ningún club en el mundo, incluido el propio Real Madrid, que no transite por estas etapas de meseta. Precisamente a las tres Copas de Europa seguidas les había precedido un año en blanco.

¿Ha ganado algo el Real Madrid esta temporada en términos de crecimiento deportivo? Pues para empezar el crecimiento de algunos futbolistas jóvenes que se presumen serán importantes en el futuro cercano: Vinicius, Reguilón o Llorente, principalmente, aunque también Odriozola o Valverde.  Para continuar, el club se ha cargado de razones para dar salida a jugadores con una hoja de servicios memorable, pero que presentan todos los síntomas de haber terminado una etapa, y cuya venta el verano pasado hubiera sido difícilmente aceptada por gran parte de la afición. Y, por último, ha ganado tiempo para tener a tiro a ciertos jugadores contrastados que han entrado en esa franja que, junto a la de jóvenes promesas, constituye hoy el único mercado posible para cualquier club: el de aquellas estrellas que quedan libres o con un año de contrato.

Al término del partido contra los Houston Rockets, Luka Doncic se quedó inmóvil en el banquillo cuando ya su equipo había enfilado el vestuario. Del mismo modo que hace la afición del Real Madrid con su equipo de fútbol este año, el esloveno agachaba la cabeza incapaz de digerir otra derrota más. No eran hechos diferentes, el sentimiento de unos y el del otro están alentados por el mismo fuego. De lo que Luka todavía no es consciente es que tres o cuatro jóvenes que ahora le acompañan en esta etapa de derrotas, están sumando unos minutos de los que antes no disponían y que serán vitales para que en temporadas futuras puedan rendir al máximo nivel. Lo que Luka todavía no es capaz de comprender es que la pérdida de sus cuatro mejores compañeros a mitad de temporada ha dejado un espacio salarial y de roles, suficiente como para destinarlos a dos o tres grandes jugadores junto a los cuales iniciar una etapa continuada de victorias.

Lo que Luka todavía no sabe es que precisamente en estos momentos de derrota se están fraguando las muchas victorias que están por venir.

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