Piqué y la nueva masculinidad
Jesús Bengoechea
Al término del empate en Nervión, Gerard Piqué quiso abrirnos su corazón. En estos tiempos en que ha cambiado el paradigma de la masculinidad, es muy de agradecer que a un hombre no le importe mostrarse vulnerable. No es ningún desdoro para un hombre el llorar, ni siquiera el hacerlo públicamente, y Gerard dio prueba de ello a través de su valiente testimonio. La verdadera cobardía consiste en poner coto a la expresión de los propios sentimientos para ser fieles al arquetipo de comportamiento erróneamente impartido en las escuelas: “Los chicos no lloran”. Pues bien, Gerard sí.
“Será difícil ganar esta Liga”, ha sollozado el central ante los medios, agregando que “lo que se ha visto en estas jornadas” no invita al optimismo culé. Cabe inferir de sus palabras una referencia a supuestas ayudas arbitrales al Real Madrid, esos factores que “no puedes controlar” a los que crípticamente, veladamente, aludía también hace poco otro paradigma de la nueva masculinidad como Quique Setién. A ver si quien va a ser el gran ejemplo de la nueva masculinidad va a ser el propio Barça, la institución que por ósmosis rebaja el nivel de testosterona mala a quienes visten su camiseta. (Igual que hay dos colesteroles, el bueno y el malo, hay también dos testosteronas, la buena y la mala, y la buena prácticamente solo se cultiva en la Masía y en el Centro de Coordinación de Alertas y Amenazas Sanitarias del Ministerio de Sanidad. Piqué gusta a las chicas por las mismas razones por las que lo hace Fernando Simón. Porque no representan al macho que pone los cojones encima de la mesa, sino al hombre moderno que susurra sweet nothings en el oído de la no tanto amada como respetada, y piensa en tenis o almendras para evitar erecciones que ya de por sí puedan ser tenidas por agresivas).
Eso de que tanto Piqué como Setién encarnen el prototipo del nuevo varón hace pensar que, al arribar en Can Barça, todo neófito atiende de entrada un cursillo acelerado de nueva masculinidad en la nueva normalidad. Las charlas las imparte Guardiola, y el eje central de las mismas consiste en aprender a llorar sin absurdos complejos propios de varones de otro tiempo, pero también con la suficiente sutileza como para que no parezca que los llantos encierran acusaciones falaces. A veces se diría que la nueva masculinidad made in Can Barça es un poquitito hipócrita, se diría que disfraza la jeta de sensibilidad, pero no es así desde los parámetros promulgados por las autoridades que saben de esto. Parecería que a las palabras de Piqué o Setién le faltan los arrestos de llamar al menos a las cosas por su nombre, la honestidad de ir de cara y decir exactamente lo que se quiere decir en lugar de camuflar las difamaciones en vaguedades de plañidera. Ni mucho menos.
Lo que pasa es que la nueva masculinidad no es apta para paladares ásperos como los de tantos madridistas anclados aún en la obediencia a códigos caducos, como los que indican, por ejemplo, que es mejor callar a emitir insidiosas sugerencias. Son códigos que marcan alarmantes registros en cualquier análisis de sangre, testosterona de la mala, de la que da Copas de Europa y, si las variables que “no podemos controlar” lo permiten, alguna que otra Liga.
