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Opinión·28 de febrero de 2020

Por qué me gusta Zidane

J

Jesús Bengoechea

Tiene gracia escribir un artículo con este título, pero es que hay en La Galerna quien ha escrito (y en esta casa se consagra la pluralidad) un artículo encabezado con el título contrario, y la pluralidad trae consigo el derecho a réplica. La necesidad de réplica, cabría decir incluso.

Mi amigo José Luis Sánchez Ortiz ha blandido su afilado bisturí en dirección al técnico francés, y lo ha hecho con su acostumbrada frialdad de cirujano inmisericorde. Aclaro que su falta de misericordia está conducida por el amor, si cabe la paradoja. Un amor al Madrid que le reconozco a José Luis en grado tan extremo que le lleva, en busca sin duda de lo mejor para el club de sus desvelos, a arremeter, con algunas buenas razones y con otras más endebles a mi juicio, contra uno de los hombres que más han hecho por el Real Madrid en la segunda era dorada de su Historia. Le llevan a hablar en contra del hombre que ha conducido a un grupo (extraordinario, eso sí) de jugadores a la hazaña de ganar tres Champions seguidas, amén de ese regalo tan infrecuente en dicha era de una Liga local, junto a una lujosa pedrea de Supercopas y Mundialitos. Para no gustarte (porque eso dice José Luis, que no le gusta) el hombre que trajo al Real Madrid lo que no se ganaba desde 1958 (a saber: un doblete Champions + Liga) hay que tener muy buenas razones, como hay que tenerlas para no apreciar el hecho de que se prestara a volver a ejercer la responsabilidad de entrenar el equipo a mitad de la campaña anterior, en el peor momento posible y con tanto que perder. No diré que no las tiene, pero me permito poner en duda que cuenten con la robustez suficiente para compensar todo esto por el lado negativo.

Lo primero que me pregunto, y que José Luis no nos aclara, es si este “no gustar” que le dedica a nuestro técnico es reciente o proverbial, es decir, si es un “no gustar” relativo a la nueva etapa de Zidane o si tiene efectos retroactivos y se extiende hacia las dos temporadas y media que bastaron al francés para conquistar para el Madrid todo lo reseñado. Si sus sentimientos se circunscriben a la nueva etapa de Zizou, puedo ser comprensivo. Mas me costaría entender una desafección a Zidane que llegara a empañar sus logros del pasado. Me parecería una traslación a la esfera del técnico del mítico “Fue gol, pero estuvo mal” que Ángel Cappa soltó a cuenta del legendario gol de Bale en aquella Final de Copa de Mestalla. “Ganó tres Champions en dos años y medio, pero estuvo mal”. De igual modo que yo a Bale en ese momento le pedía que metiese gol, aunque fuera cagándose en “la ortodoxia”, yo al entrenador del Madrid le pido que gane. Si uno mira lo que ha ganado Zidane, es un ejercido de audacia (loable quizá, pero audacia en todo caso) decir que en esos triunfos el técnico “no te ha gustado”. Sobre todo cuando son triunfos de tamaña magnitud y con esa iteración. De igual modo que como persona no busco tener razón sino ser feliz, como madridista no defiendo tanto mis argumentos como mi dicha. Nadie que se haya sentado en ese banquillo me ha dado tantas alegrías como Zidane, lo cual empequeñecería al máximo cualquier argumento que yo tuviera en su contra.

Asumo que la felicidad pretérita no tiene por qué ser garantía de felicidad futura. El problema aquí no es que nadie crea que sea garantía. El problema es que hay quien considera que toda esa Historia con mayúsculas no supone ningún aval en absoluto. Una cosa es vivir del pasado y otra muy diferente que el pasado, ni el más glorioso y aún reciente, sirva absolutamente para nada en lo tocante a otorgarte algún voto de confianza de cara a una temporada que además no está ni mucho menos perdida, pese a lo que pueda desprenderse del artículo de José Luis. Soy consciente de la trampa que supone el celebérrimo “Con lo que nos ha dado”, tantas veces patente de corso para el acomodamiento y hasta un apunte de molicie. Pero la trampa de la pizarra permanentemente en blanco no me resulta menos temible. Lo que alguien nos ha dado no puede ser un cheque en blanco, ya lo sé. Pero tan peligroso como eso sería asumir que un currículum de esa perfección (y cercanía en el tiempo) no te agregue el menor crédito de cara al futuro, que es lo que a ojos de algunos parece suceder ahora con Zidane.

Vaya por delante que soy el primero que entiende pocas cosas de todo lo que ha pasado en el equipo desde la (aparentemente) desatinada alineación de aquel partido de Copa ante la Real. Pero si no soy capaz de conceder al mismísimo Zidane el beneficio de la duda, un voto de confianza o como quiera llamarse, no sé a quién demonios le podré otorgar un mínimo de calma más allá de la histeria. No sé por qué Pochettino, o Klopp, o quien sea, lo merecerían más que Zizou, francamente.

Pero no pretendo mirar solo a la Historia, por refulgente e inmediata que se presente. Junto a datos bien traídos e ideas que incitan a pensar, José Luis vuelca también acusaciones atrevidas. Pasar factura a Zidane por haber querido alguna vez a Pogba en la plantilla resulta llamativo. Primero porque, si bien hay evidencia del gusto de Zidane por el jugador, no hay ninguna de que ese empeño haya ido más allá de lo razonable. Pogba no está en el Madrid. “Prefiero no saber en qué habrían quedado los 1160 minutos que Fede lleva jugados en Liga si el francés hubiera venido”, suelta nuestro buen colaborador. Pasar factura a Zidane por todo lo que ocurre ya me parece excesivo. Hacerlo por lo que no ha ocurrido ya me parece francamente demasiado. Fútbol ficción a punta de machete. No, hombre, o yo al menos creo que no. Me pregunto qué tiene de malo haber querido a Pogba cuando, una vez no concedida la petición, te amoldas a lo que te dan como el hombre de club que eres, y con buenos resultados además, al menos buenos antes de la llegada de este mes que ha sido fatídico, sí, también por las decisiones de Zidane. Pero no solo por ellas. Un poco-amigo de Carvajal como José Luis será sin duda capaz de admitir que poco tiene que ver el francés con la patada intempestiva que Dani sacude a Sterling en las postrimerías del desdichado encuentro ante el City, o en que un leve pero quizá decisivo empujón a Ramos de Gabriel Jesús no pase por el VAR pese a lo dudoso del gol.

Se reprocha a Zidane el que la plantilla no cuente con un especialista que pueda sustituir a Casemiro en su ausencia o cuando convenga rotar. Encontrar un medio centro que rinda jugando pocas partidos se me antoja tan complicado como encontrar lo mismo para el puesto de portero, y además no es Zidane el único responsable de los fichajes o de la falta de los mismos. El reproche, con todo, tendría mayor pase si no se señalara en dirección a la partida de Marcos Llorente, jugador que siempre fue de mi gusto pero del que no puede decirse precisamente que esté brillando con luz propia en el Atleti. Señal de que mi gusto a lo mejor no está tan formado como el de Zidane.

No es únicamente el tema Casemiro-Llorente. En realidad, se reprocha a Zidane la que se supone es una mala planificación por la permanencia en la plantilla de una serie de jugadores a los que se pretendía vender. Se le culpa de la no-reestructuración a fondo de la plantilla en verano, cuando la propia permanencia en la plantilla de jugadores a los que se quería vender debería, sí acaso, dar una idea al observador no demasiado pasional de la dificultad, precisamente, de hacer que se vaya del club aquel a quien el club no quiere pero tiene en vigor un contrato al que legítimamente se aferra. Zidane se encontró con que tenía que quedarse con Marcelo y con Isco y con tantos otros por la sencilla razón de que Marcelo, Isco y tantos otros no querían ni oír hablar de una salida. Lo que Zidane ha hecho con ellos, con esa restricción, va más allá de lo que se le puede pedir a un hombre de club: antes de que nos atropellara este mes fatídico, estos jugadores, que otros habrían tratado como meras rémoras, estaban en diferentes grado de rehabilitación, contra todo pronóstico.

Hay razones para disentir de Zidane (siempre las hay para disentir de cualquiera), pero lo que no me parece que abunde son las razones para minimizar sus méritos, que es donde cae el artículo con excesiva frecuencia. “Marcelo desparece del once por lesiones”, se asevera, como si no hubiéramos visto al brasileño perfectamente sano chupando banquillo a la rueda de Mendy. “Valverde se hace importante por la escasez de centrocampistas y las lesiones de algunos de ellos”, se arguye, si bien yo juraría haber visto en el banquillo a un Balón de Oro y/o al capitán de Alemania para hacer hueco a un prometedor box-to-box uruguayo. Que se escatimen los elogios a Zidane por la gallardía de estas decisiones es lo que más me extraña, además de un logro añadido: ni Modric ni Kroos ni Marcelo han rajado en la prensa por verse en el ingrato papel de suplentes, y sí no lo han hecho, si el vestuario se ha preservado en paz, ha sido por el manejo del mismo que tiene Zidane en su condición de leyenda del balompié. Compárese la balsa de aceite que es el vestuario ahora mismo con el polvorín (Isco, Marcelo) que fue en las eras efímeras de Solari o Lopetegui, y se tendrá una idea del efecto benéfico que, errores aparte, comporta el tener al mando al marsellés.

Contra el Atletico de Madrid ganamos pero “Courtois tuvo algo que ver”. Me pregunto quién es el técnico que ha dado toda su confianza a Courtois, permitiendo que se asiente a pesar de su mala campaña anterior (aparte de que el portero también juega). Se pondera permanentemente a Mendy en detrimento de Marcelo. Me pregunto quién trajo a Mendy al Madrid pese a no ser un futbolista que saliera en las quinielas del gran público, así como quién le ha hecho titular. Porque insisto: Mendy es (justificadamente) el actual titular en el lateral izquierdo a despecho de una verdadera leyenda como Marcelo. Algún arrojo habrá en la toma de esas decisiones que nadie ha tomado por Zidane, sino que las ha tomado él.

Hay ideas tan generales que casi están vacías, pues hay cuestiones que demandan detalle y plan específico para sostenerse. “No parece buena idea jugar siempre sin delantero especialista”. Puedo estar de acuerdo, pero lo estaré mucho más si se especifica convincentemente a qué otro jugador hay que dejar fuera entonces. Tal vez a Benzema, que hasta hace pocas fechas era de largo el mejor futbolista del equipo. Acaso a alguno de los brasileños para aniquilar el escaso juego por las bandas que tenemos. A lo mejor a un centrocampista para minar la mayor virtud de esta escuadra, como es el control del juego. Aclárese, por favor.

Aclárese también, ya de paso, qué es exactamente lo que debe hacer Zidane para que los jugadores puedan forzar tarjetas a conveniencia sin que los poderes fácticos (prensa y árbitros en turbio contubernio) detecten de inmediato la discreta añagaza y nos sancionen de verdad, es decir, con las suficientes creces como para fastidiarnos como ya ha sucedido varias veces.

Todos estamos nerviosos. Con los nervios, es sabido, se revuelve uno hasta con quien más tranquilo le pone. La tentación está ahí y no soy ajeno a ella. Sin embargo, prefiero esperar sin perder de vista el vacío que se abriría bajo nuestros píes si a Zizou le diera por coincidir con sus detractores. El Madrid, convengámoslo ya, es imposible de entrenar. Pero desde luego es imposible de entrenar por otro que no sea Zidane.

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