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Opinión·20 de abril de 2018

Por una Copa del Rey democrática

J

John Falstaff

Je suis désolé. Este año, como el pasado, voy a volver a perderme la final de la Copa del Rey.

El año pasado, y bien que lo siento, yo estaba en la ópera. Fidelio, para más señas. A mí me habría gustado presenciar el ejemplar ejercicio de libertad de expresión de los que entonces me faltaron al respeto al silbar el himno nacional e insultar al Jefe del Estado, pero por desgracia tenía otros compromisos adquiridos previamente. Lo lamenté de veras, porque a pesar de mi condición de mesetario yo soy un demócrata de toda la vida y un amante de la libertad, y no se me escapa que para que el insultador vea plenamente satisfecho su derecho a insultar resulta imprescindible la presencia del insultado. Un insulto que no llega a oídos de su destinatario es un quiero y no puedo, una ofensa en grado de frustración, puesto que difícilmente puede ofenderse quien no se sabe ultrajado. Y nada repugna más a mi sensibilidad democrática que haber malogrado las legítimas aspiraciones de mis insultadores.

De forma que hace un año me vi obligado a sustituir el concierto de pito, sublime manifestación sonora de la indignación popular de las hinchadas periféricas ante mi condición de español imperialista -y además madridista-, por los cacofónicos alaridos a los que Beethoven se empeñó en poner música. Casi tres horas -se dice pronto- de bramidos en alemán, que es una lengua que parece inventada precisamente para insultar. El alemán carece de la dulce prosodia del catalán, que arrulla el oído entre suaves susurros independentistas acabados en "t". El alemán no nació para ser hablado, sino para ser gritado entre perdigonazos de saliva, y por eso una alemana -qué sé yo, la ministra de Justicia, pongo por caso- nunca caerá rendida de amor, sino que a lo sumo se empleará en las tareas amatorias con la disciplina y abnegación de un soldado prusiano. ¡Ah, si Wagner hubiese puesto música al catalán en lugar de empeñarse en hacerlo al alemán! ¡Qué insuperable maravilla sería su gran tetralogía si, en lugar de El anillo del nibelungo, se llamase La estelada del ampurdanés! ¡Qué lágrimas de emoción no derramaría Puigdemont en su retiro germano si, en vez del Liebestod de Isolda, Wagner hubiera compuesto la mort d'amor de la Montse al ritmo inefable de la sardana!

Pero decía que este año tampoco voy a poder quedarme ante el televisor. Esta vez el destino caprichoso y cruel me va a llevar a la playa, privándome de la oportunidad de asistir a la emocionante lección gratuita de democracia que nos van a dar a los españoles nuestros vecinos de la Esquinita, ese lugar único en el mundo donde la libertad brota de cada campanario, donde el respeto a la ley es sagrado, y donde la libertad de quienes quieren educar a sus hijos en español encuentra un altar en cada esquina y su templo en el Camp Nou. Yo me pongo a pensar en la hermosa hondura democrática que va a tener la pitada al himno y al Jefe del Estado entre miles de esteladas, con todo el camp convertido en un clam separatista, y maldigo al destino por negarme la fortuna de ser testigo de tan civilizado, elevado e -insisto- democrático espectáculo.

Pero como también soy persona con un firme sentido de la justicia, quiero resarcir a mis insultadores por mi nueva descortesía. Y quiero hacerlo lanzando una sugerencia que -lo digo con humildat jardineresca- puede evitar que se malogre el ejercicio democrático que está previsto este fin de semana en el rutilante Wanda Metropolitano. Porque reparen ustedes en que la Marcha Real que Carlos III erigió en himno nacional tiene una duración tan breve que resulta a todas luces insuficiente para el cumplido desahogo de la histórica indignación de nuestros visitantes, que dicen se remonta nada menos que a 1714, seguramente antes de Cristo. Este inconveniente se ve agravado además por la circunstancia de que la inmensa mayoría de los separatistas catalanes carece de la posibilidad de insultar en alemán, lo que permitiría un alivio algo más abreviado de su respetabilísima cólera.

Así que, habida cuenta de que acaso no sea del todo oportuno adoptar como himno español las tres horas del Fidelio de Beethoven o las cuatro jornadas de la tetralogía wagneriana, lo que propongo es bien simple: reproducir el himno nacional por megafonía cuantas veces sean necesarias hasta que el último de los asistentes al estadio haya agotado sus democráticas ansias de pitarlo. Que los prolegómenos del partido sean una bacanal catárquica, que todos y cada uno de nuestros visitantes puedan expresar su justa indignación sin verse constreñidos por la fascista brevedad de la Marcha Real. Sí, amigos, repitamos el himno hasta que pueda escucharse completo sin que un solo espectador decida interrumpirlo con un silbido. Sólo entonces tendremos la seguridad de haber dado plena satisfacción al derecho de todo barcelonista y separatista catalán a insultar al resto de españoles.

Aun admitiendo que esto puede resultar ligeramente inconveniente para los aficionados sevillistas, convengamos en que es la única manera de garantizar que no sucumbimos a esa pulsión fascista que tan arraigada tenemos los mesetarios. Y de paso nos aseguraríamos de que la Copa del Rey se disputa en condiciones de plena democracia. Qué menos.

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