Principio de razón suficiente
Editorial La Galerna
“El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios… pero hay una cosa que no puede cambiar… no puede cambiar de pasión.” El Secreto de sus Ojos.
Siempre tuve la teoría de que hay muy pocas cosas en esta vida que realmente podamos elegir en libertad. Nuestros padres, nuestra familia, nuestros primeros amigos, la calle donde vivimos, el colegio donde vamos…Todo marca tan profundamente nuestra vida que todas las elecciones posteriores no pueden ser analizadas sin tener en cuenta que son efectos surgidos gracias a una sucesión de causas que inicialmente no elegimos. Nunca he entendido el apego y orgullo sobre aquello que somos (o tenemos) pero que no tuvimos la posibilidad de elegir. El feminismo siempre me chirrió en ese punto. Si no elegiste ser mujer, tu orgullo carece un poco de fundamento.
Desconozco el motivo por el que Isidoro Gómez (el personaje al que hace referencia la cita) se hizo hincha del Rácing de Avellaneda, pero si no lo pudo cambiar, si realmente esa era su pasión, es probable que fuera porque libremente lo eligiera él.
Es por esto que a mí el término “madridista de cuna” me ha chirriado de forma parecida a lo que comentaba del feminismo.
En más de una ocasión me he encontrado a muchos madridistas enseñando con orgullo su carnet de socio fechado el mismo día que nació. Gente que ha nacido casi con la obligación de ser de un equipo que -aunque tarde o temprano te des cuenta de que fue la mejor decisión que tomaron por tí (por eso es el más grande del mundo-, en realidad no eligieron. Quieren al Madrid como quieren a su padre o a su madre (a los que tampoco eligieron), pero el principio de causalidad explica su elección: Como primero se dio la causa A, entonces ha ocurrido B.
Este no es mi caso. Yo no puedo decir que soy madridista por mi padre. Tampoco por mi entorno. A mi padre no le ha gustado nunca el futbol y mis tíos se dividían a partes iguales entre madridistas y atléticos. Entre ambos siempre intentaron convencerme de que la pasión que ellos defendían era la mejor. Iba al Calderón con la misma frecuencia que al Bernabéu.
Por eso mi madridismo, por carecer de esa secuencia de causas previas que lo justifiquen, encuentra una mejor explicación en el principio de razón suficiente (también lo explica que sea géminis, racionales hasta la máxima expresión). Dicho principio parte de una premisa aún superior: TODO tiene un PORQUÉ (aunque desconozcamos las causas que lo provocaron, lo que erróneamente llamamos azar).
Ese PORQUÉ lo verbalizaba Jabois magistralmente hace unos años: No ser del Madrid es renunciar voluntariamente a la felicidad.
Y como está demostrado que la felicidad es el motor de la razón y el porqué de muchos de nuestros actos, imagino que fue eso, el sentirme, pensaba yo que “azarosamente”, feliz cada vez que veía a los de blanco, lo que me hizo ser madridista.
Soy del 79, y mi primer recuerdo de madridista, para qué os voy a engañar, es con aquella liga de los récords de Toshack. La liga 89/90 que supuso el hasta hace poco vigente récord de goles y que significaría la 5ª liga consecutiva del equipo y la número 25 en el palmarés.
Cuando tienes diez años, estar en el lado de “los que ganan” es fácil. No es el caso para los madridistas de mi generación. Cuando uno empezaba a tener uso de razón, la Quinta del Buitre ya agonizaba, y durante los 10 años posteriores a aquella liga de Toshack (es decir, lo que realmente compone el grueso de nuestra infancia), al Madrid le vimos ganar sólo 2 ligas y 2 Copas de Europa, sumando además durante el camino a nuestro rincón de experiencias vitales las ligas perdidas en Tenerife. Eso marca. Y mucho.
Yo sí recuerdo que entramos en el nuevo siglo agonizando como club, ya lo expliqué aquí, y quizá fue ese volantazo que supuso la llegada de Florentino al club la razón y el por qué de mi desvergonzado florentinismo.
Asisto sorprendido, sobre todo últimamente, a lo rápido que hemos olvidado lo poco dominante que fue aquel Madrid de mediados de los 80 y 90.
Reconozco que la entrevista a Isidoro San José fue lo que terminó de rematarme. Nunca he entendido ese infundado empeño en volver a los valores de siempre. “Al Madrid de antes” se dice.
Para alguien como yo, que tiene a ese “Madrid de antes” como algo institucional y deportivamente bastante por debajo del nivel actual, no deja de sorprenderme tal afirmación. A veces, apelar a la nostalgia cuando el presente no te conviene es muy tramposo. El nostálgico nos intenta dibujar un pasado idealizado del que se han borrado los momentos malos como refugio ante una situación actual que, a menudo, no le convence (o interesa).
Recordaba Isidoro en aquella entrevista a Molowny como uno de los mejores entrenadores que ha existido (“si no el mejor”, apuntaba) y aportaba como prueba la poca influencia que tenía en lo que posteriormente fuera a ocurrir en el terreno de juego. O sea, una contradicción en sí mismo. Asusta pensar qué pasaría si dicho “grupo nostálgico” tuviera alguna vez la fuerza suficiente como para hacerse hueco en la directiva actual y aplicar ahora lo que, no nos engañemos, tampoco terminó de funcionar muy bien entonces.
Porque el fútbol, nos pese lo que nos pese, ya no es como antes. Pero ni el fútbol, ni las relaciones personales, ni la educación, ni la tecnología… Y sobre si es mejor (o no) este futuro que aquel pasado, yo, racional por naturaleza, lo tengo claro: es mucho mejor lo que tenemos.
Llevamos años asistiendo al nombramiento de nuestro club como la mejor entidad deportiva del mundo (incluyendo todos los deportes, no sólo fútbol) y lo máximo que este dato que produce en algunos es sorna. “Vayamos a Cibeles”, dice el sarcasmo de los nostálgicos. En un mundo tan competitivo como el actual, mantener un nivel de excelencia y mejora continua es tan difícil que si yo fuera el artífice de dicho logro me costaría asimilar que no se valorara. Si algún directivo de Nokia nos está leyendo, entenderá de lo que hablo.
Algunos, anclados en la tramposa nostalgia, reclaman un Real Madrid actual gestionado casi como un club social donde debe atenderse sólo a lo que demande un reducido y privilegiado grupo de poco más de 95.000 socios, muchos de ellos socios de cuna, y ya si eso luego vamos el resto (es decir, los más de 400 millones de aficionados en el mundo que no lo somos).
A los nostálgicos no les gusta el color de las camisetas de Adidas, ni las giras, ni la publicidad, ni siquiera ser los mejores en todo eso…A veces da la sensación de que si jugáramos la Uefa patrocinados por Parmalat seriamos más felices.
Pero gestionar el club al estilo de los 80-90 no es que sea poco recomendable, es que ya es imposible. El socio, a finales de los 90, aportaba más del 40% de los ingresos. Hoy no supera el 25%. Y cada vez lo hará menos. Es una partida lógicamente estancada, que no va a poder crecer. El club ha tenido que afrontar estos años la inflación de este deporte con una dificultad doble: seguir al máximo nivel competitivo pero sin contar con el dinero de los fondos de inversión y fortunas millonarias.
Evidentemente, ese dinero que necesitábamos no podía llegar del socio, por lo que hubo que buscar vías alternativas. Son esas vías las que nos han permitido tener el equipo que hoy tenemos y la situación de estabilidad económica e institucional necesaria para el futuro.
Un Madrid al borde de la quiebra hubiese sido un caramelo para nuestros depredadores, ya que no hubiésemos tenido más remedio que acudir a un inversor externo (sólo hay que mirar a nuestro vecino de enfrente). Esto es algo de Perogrullo pero hay gente que aún no lo entiende.
No sé si todos sabéis que Joaquín Almunia, declarado seguidor del Athleti de Bilbao, es comisario europeo de Competencia, y está analizando desde hace unos años una queja interpuesta en Bruselas sobre los posibles beneficios fiscales que obtienen Madrid y Barça por el gobierno español. No descartemos,por tanto, que en no mucho tiempo una sentencia de dicho comité nos obligue a convertirnos en SAD. Tengo en mente preparar un artículo explicando qué conllevaría esto.
“Pues abramos la puerta a más socios” se suele comentar. No es tan fácil. Desde hace ya algunos años, el acceso a socio está limitado sólo a hijos de socios ya existentes. Esta norma, tomada para proteger al club (de eso no me cabe duda y cuando hable de las consecuencias del SAD explicaré por qué) genera situaciones un tanto paradójicas. Conozco a atléticos que se hicieron (o les hicieron, madridistas de cuna recuerden) socios del Real Madrid para luego revender ese abono y pagarse así el suyo del Atleti y ganarse un dinero. Con la norma actual, sus hijos tienen prioridad para ser socios madridistas ante mí.
Pero quizá me molesta aún más el caso de esos madridistas de cuna que no conocieron otra alternativa que ser del Real Madrid y que casi fueron empujados en su madridismo. Esos que además desprenden un menosprecio soterrado ante aquellos que hoy no podemos ser socios (a pesar de que nosotros sí eligiéramos libremente ser madridistas).
“Qué me va a enseñar un madridista que no es socio como yo lo que es vivir el madridismo”. Pues precisamente: puede enseñarte mucho. Y ya no pienso sólo en mí, sino que me imagino a aquel madridista nacido a varios miles de kilómetros de aquí que pudiendo ser de cualquier otro club del mundo (quizá el de su ciudad) eligió libremente cuál sería su pasión: el Madrid. Y quizá sea precisamente ese el que verdaderamente conozca las causas, los motivos y el porqué de ser madridista. Y es quizá precisamente ese el que más apasionadamente vive dicho sentimiento.
¿Será este el motivo por el que el público de Copa de Europa es más intenso que el de Liga? ¿Será por esto que el club ha tomado la determinación de obligar a cierta parte del estadio a animar sin poder emitir insulto alguno a jugadores de nuestro equipo? ¿Será por esto que el club ha decidido dotar de privilegios a aquellos que se comprometan a cumplir una serie de “obligaciones” que en el fondo deberían estar intrínsecas en el madridismo? (obligaciones del tipo: no poder ceder el abono, obligatoriedad de asistir a un determinado número de partidos, acudir a animar al Castilla).
¿Me están obligando por contrato a ser madridista? No, al revés: el club se está garantizando, aun teniendo que acudir a los no socios, que no quede ningún resquicio para “traficar” con esa plaza y que, por tanto, el que la quiera debe cumplir con las exigencias que requiere ser madridista.
Incluso echo en falta que ese contrato no se haga extensible al resto de abonados.
He ido muchísimas veces al campo. Las suficientes como para darme cuenta de que muchos de los que están ahí sentados cumplen una misión casi ancestral. Su asiento es una herencia. Se les ha quedado cara de funcionarios. A uno un día le tuve que preguntar si para él era más un sufrimiento que una pasión el tener que ir al campo no más de 30-40 veces al año. Le enfadó lo que le dije y continuó soltando pestes de Michel (esto fue hace muchos años).
Para terminar, me gustaría dejaros esta reflexión: a mi sobrino (por parte de mi familia política) le hicieron socio del Madrid y del Atleti al nacer. Su padre es del Madrid, pero la familia por parte de madre tiene una vinculación muy fuerte con el Atleti (que sólo el editor de La Galerna conoce y que me gustaría siguiera siendo confidencial…).
Ahora tiene nueve años y, evidentemente, ha tenido que posicionarse. Le han metido a jugar en el filial de uno de los dos equipos, ha salido en el calendario de este año de uno de los dos equipos y tiene varias camisetas de sólo uno de los dos equipos. Pero si le preguntas de qué equipo es…Mira a un lado, luego al otro y, si no hay nadie presente, te lo reconoce. Luego, lejos de la intimidad, nadie duda de qué equipo es. Pero ya os digo yo que “ese equipo”, del cual se supone que es, nunca será su pasión.
