Querido Vini
Antonio Valderrama
Querido Vini,
unos estúpidos tuiteros dicen que eres muy malo, que no te quieren, que no mereces jugar en el Real Madrid. También a Michael Jordan le dijeron que no valía para el baloncesto y que mejor, estudiara. Ahora, seguramente, algún listo me estará leyendo y se reirá de mí. ¡Comparar a Vinicius Junior con Michael Jordan! Pero hay una cosa importante (y me vas a permitir el tuteo, y que te llame amigo, amigo mío es el Real Madrid del mismo modo que todas las personas que lo encarnan diariamente y que se presentan en el salón de mi casa, vestidos de blanco, dispuestos a acompañarme, sin importar si será buena o será mala la hora y media larga que estarán a mi vera en la tele) y es que tú juegas en el Madrid. Y, querido amigo, compararse con Jordan, con Maradona y hasta con Dios, cuando se juega con la zamarra blanca, no sólo es justo y procedente, sino necesario. Al fin y al cabo, si algo es el Madrid, es una aspiración eterna a la excelencia.
Al fin y al cabo, si algo es el Madrid, es una aspiración eterna a la excelencia
Tú ya estás en el Madrid, es decir, tú ya has llegado. Lo que naturalmente no implica que seas Balón de Oro ni que lo vayas a ser mañana. Al fin y al cabo, en el Madrid han jugado verdaderos tuercebotas, gente de dudosa categoría o directamente fraudes al estilo Faubert. Pero jugar en el Madrid significa algo. Por lo menos, en el mundo de ayer, significaba. Como hacer fotos para Life, escribir antes en el New Yorker, actuar en el Madison Square Garden o que te nombren cardenal: estás donde hay que estar para llegar a lo más alto. Quizá no signifique nada en el mundo de mañana, ese ridículo mundo de superligas y nbas que va cogiendo cada vez más siniestra forma en el oscuro horizonte. Pero aún no hemos llegado a ese mundo. Jugar en el Madrid todavía significa algo. Significa ocupar el proscenio del escenario más grandioso hasta ahora concebido.
Ocupas el foco. Entero.
Hace un año se decían las mismas cosas de ti. Que no puedes aprender, que eres lo que eres, que no tienes más cera que la que arde. Se reía la gente porque llorabas, porque el Abraham cruel del Bernabéu te había llevado al borde del colapso. Se decía que sólo eras un saltimbanqui, que no tenías madera de fuoriclasse, como dicen los italianos. Ya sabes, todas esas tonterías con las que se niega a Heráclito en esa ciénaga que regurgita fango todo el tiempo y que se hace llamar opinión pública en torno al fútbol. El fútbol sin embargo es un juego sencillo a pesar de que vivamos tiempos oscuros en los que una caterva de ganapanes con YouTube y de zascandiles con elevadísimos estudios presuman de intentar descifrarlo a base de una erudición impostada. Pues resulta que tú, que has demostrado tu valía con menos de veinte años, en un Madrid de retales y a medio hacer, en noches grandes de la Copa de Europa, en el Wanda, en el Camp Nou o en el Clásico decisivo por la Liga, en el Bernabéu, no lo entiendes. Que no entiendes el juego.
Pues resulta que has demostrado tu valía con menos de veinte años, en un Madrid de retales y a medio hacer, en noches grandes de la Copa de Europa, en el Wanda, en el Camp Nou o en el Clásico decisivo por la Liga o en el Bernabéu
Te voy a hablar un poco de la catadura moral de esa gente. Te puedo hablar con propiedad pues yo soy uno de ellos. Me consuela saber que por lo menos, pertenezco a la rara especie de los que han, aunque sea poco, aprendido algo. Yo, en mi superlativa imbecilidad, me permití durante años menospreciar al mejor futbolista que ha vestido la camiseta blanca desde Alfredo Di Stéfano. Me hacía gracia inventar motes con que despreciar a Cristiano Ronaldo, o sumarme a los que en Tuiter, cuna de infinitos fénix de ingenios sin par, inventaban sin parar. Me reía de sus en apariencia inocuos pichichis, de su naturaleza caníbal, de su megalomanía, de su insaciable sed de goles, de su sufrimiento personal a lo largo de los asaltos que jalonaron su increíble combate con Messi. Y con la Historia.
Aprendí tarde a disfrutarlo. Pero lo conseguí. Aprendí muchas cosas entonces. Aprendí, también, que no hay nada más volátil y caprichoso que lo que un aficionado al fútbol opina sobre el objeto de su pasión. Un tarugo que cobra, supongo, como periodista, pero que es un auténtico apologeta del odio, un vomitador satánico de idioteces y de antimadridismo, dijo en Tuiter una vez que los hechos mutan. No sé si lo llegó a borrar, a mí me tiene bloqueado desde hace mucho tiempo, y desde la distancia remota del anonimato tuitero he contemplado atónito su encumbramiento en la profesión: siempre supe que le iba a ir bien, no en vano el periodismo es el reino de los lameculos y de los cursis. En eso, este sujeto es un genuino maestro. No obstante, aquel tuit, aquello de que “los hechos mutan” me parece cada vez más oportuno. ¡Un hallazgo! Imagino que, sin quererlo, aquel mendrugo dio con un descubrimiento filosófico-semántico, del mismo modo accidental y por completo fortuito con el que un mandril, jugueteando sobre el suelo con una brocha de arqueólogo, puede llegar a descubrir un mosaico romano del siglo I antes de Cristo: un partido de fútbol es un acontecimiento que por su propia naturaleza cinética, por ser un drama en movimiento, sujeto a las más elementales leyes de la imprevisibilidad y de lo aleatorio, no puede ser juzgado en su integridad hasta el pitido final del árbitro. ¡Pero entonces, no existiría ni el periodismo deportivo, ni Tuiter, el trampolín de lo instantáneo, ni siquiera existiría el futbolerismo!
No hay nada más volátil y caprichoso que lo que un aficionado al fútbol opina sobre el objeto de su pasión
Siempre queda la gracia, el chascarrillo, que es imbatible, por supuesto: con la gracieta no puede nadie. También a ti te llaman muchas cosas muy graciosas. Ficticius, por ejemplo. ¡Qué requiebro, qué arabesco de humor! ¡Qué barroquismo! No sabes rematar, ni chutar a puerta, ni vales nada más que parar correr como un antílope que huye de la garra del león: magras cualidades para hacer carrera en el Madrid, aseguran los padres de la Iglesia. No importa que Zidane cuente contigo, te cuide y administre tu presencia en el campo con su método inclasificable, pero de probada eficacia. Todo da igual, el tirano que domina el ánimo iracundo del aficionado medio te ha sentenciado. No vales, igual que el Madrid jugaba mejor sin Zidane, primero, y sin Cristiano, después. Igual que yo mismo una vez quise cambiar a Ramos por un central alemán y a Ronaldo por un extremo holandés de medio pelo. ¡Cuánto puede la vanidad que da creerse con un altavoz!
Pero tú, Vini, tienes la llama. Arde el fuego dentro de ti. Te quedan muchas cosas que aprender todavía, pero hasta Miguel Ángel se murió aprendiendo. Dicen que te afecta la caricaturización memética que de ti se hace en Tuiter y en Instagram. Que una de tus principales virtudes, la pasión con que saltas al campo, a comértelo en nombre del Madrid, te hace vulnerable emocionalmente. Si hace treinta años hacías un partido malo y sólo se acordaba un puñado de los que te hubieran visto en el estadio, hoy fallas un gol cantado y el vídeo te persigue toda tu vida como un cobrador del frac. Da igual lo que hayas hecho antes, no importa lo que vayas a hacer después, ese instante queda inmortalizado y se convierte en una cadena perpetua, en un meme. Así es la naturaleza despótica del fútbol contemporáneo. Decía Mourinho que era imposible controlar el cien por cien de las pequeñas fases en las que se dividía un partido, que se trataba de ser mejor en algunas y no meter mucho la pata en las demás. El resultado final determinaría entonces la percepción global de las cosas, pero hoy basta con un juicio sumarísimo en el minuto 50 de un partido cualquiera en el mes de octubre para elevar una consideración circunstancial a categoría moral absolutamente invariable: así, por ejemplo, vemos a gente que sigue considerando a Zidane un mero alineador con suerte y a Cristiano, un goleador sin más.
Pero tú, Vini, tienes la llama. Arde el fuego dentro de ti
Si Donald Trump quiere prohibir TikTok en América yo propondría capar Tuiter en los días de partido, pues la idiotización colectiva que antes quedaba regulada por la suave dictadura del cronista deportivo, que dictaba áulica sentencia una vez a la semana desde su rostra particular en el periódico, se sucede a un vértigo disparatado en estos días. No hagas caso. No debes hacer caso. Cuando salgas al campo de nuevo, seguirás vistiendo de blanco, y eso es lo único que cuenta. Tendrás, otra vez, la oportunidad de hacer algo grande en el sitio donde muchos otros antes que tú alcanzaron la posteridad. Tú afán de aprendizaje y la fuerza amazónica que forman parte de ti son tu espada. Confía en ella, fíale tu porvenir. Se juega como se ama, sin guardarse nada. No eres el que mejor centra, ni el mejor rematador, ni el mejor cabeceador, ni el que tiene el mejor regate, pero sobre todo en este Madrid arteriosclerótico, de ti se podría decir como el New York Times de Lola Flores: no se lo pierdan, porque con Vini, siempre pasa algo.
Atentamente, un madridista.
Fotografías Getty Images.


