Real Madrid: con faldas y a lo loco
Julia Pagano
El alboroto desatado el pasado fin de semana ante la divulgación de la inminente irrupción del Real Madrid en el mundo del fútbol femenino me hace sospechar que en mi condición de dama y galernauta se me impone echar algunos párrafos al respecto.
Imagino que estarán esperando algo del estilo “este paso marca un nuevo hito en el camino de la equidad de gén…bla-bla-bla…”, o quizá “estamos frente un golpe crucial que hace tambalear las anquilosadas estructuras heteropatriar…bla-bla-bla…”, o aun más lejos “esta consecución en el deporte hace justicia a la memoria de aquellas costureras neoyorqui…bla-bla-bla…”, o tal vez más simple pero no menos contundente “he aquí otra conquista histórica en la lucha de las mujeres por el empoderamien…bla-bla-bla”.
En tal caso, olvídenlo. Le sugiero sigan esperando, de preferencia sentados para su mayor comodidad. Lejos de mí teñir de un discurso ideológico, con el que -de paso- no comulgo, un acontecimiento que por otra parte a estas alturas se había convertido en una prioridad insoslayable.
Pese a no ser particularmente aficionada a esta categoría, creo coincidir con la mayoría del madridismo en que la formación de un equipo femenino era una de las grandes asignaturas pendientes que mantenía el club. Por ende, el anuncio de que por fin la decisión hubiese sido tomada y puesta en marcha no ha podido más que despertar mi ferviente aprobación. Creo también conocer lo suficiente la naturaleza de nuestros detractores organizados (y de los desorganizados también), como para que no me tomasen por sorpresa las reacciones destempladas que estallaron tan pronto se dio a conocer la noticia.
Sabemos que el Real Madrid va a estar siempre en el ojo de la tormenta, sea que reclute mujeres para jugar al fútbol, organice un torneo de mus, auspicie un desfile de modas o inaugure un parque acuático. Cualquier iniciativa que surja desde la Casa Blanca servirá de estímulo para las glándulas del antimadridismo que, respondiendo a una suerte de conducta pavloviana, comenzarán a segregar ríos de vitriólicas babas, al tiempo que lanzan al viento ladridos y tarascones en una torpe tentativa de satisfacer sus excitados instintos.
Ahora bien, la tormenta que se ha desencadenado en torno a la creación del Real Madrid Femenino es más artificial que la del Libro de Próspero.
Sabemos que el Real Madrid va a estar siempre en el ojo de la tormenta, sea que reclute mujeres para jugar al fútbol, organice un torneo de mus, auspicie un desfile de modas o inaugure un parque acuático.
El club debía hacerse cargo, y con premura, de incorporar una rama femenina a su organigrama futbolístico, por motivos de mucha mayor relevancia que el lucro, la propaganda, la adhesión a una causa o cualquier demagogia o corrección política. Eso o introducir discretamente una variante isabelina aprovechando el moño de Bale, las guedejas de Modric, los rizos de Marcelo y el rostro angelical de Kroos que con unos apliques de trenzas daría una Heidi de lo más lograda; de paso resolvería al menos momentáneamente el problema de los rumoreados prescindentes. Claro que esa alternativa estaba llamada al fracaso, a la primera prueba antidopaje quedarían al descubierto algunos detalles sospechosos.
Hablando en serio, en una serie de dictámenes emitidos a lo largo del pasado año, la FIFA instruyó a las asociaciones miembro a desarrollar, implementar y fomentar el fútbol femenino en todas sus divisionales tanto a nivel de selecciones como de clubes; previendo sanciones, inhibiciones y hasta la desafiliación de aquellos que no cumplieren con la disposición dentro de ciertos plazos establecidos. Asimismo estableció que las respectivas federaciones deberían articular las reformas correspondientes dentro de sus propios estatutos, de manera que esos lineamientos se viesen reflejados en sus respectivas normativas orgánicas.
Ante semejante filípica y sabiéndose blanco dilecto de cuanto francotirador ande suelto, bueno sería que justamente el Real Madrid, se diese el lujo de darle largas al asunto y quedase así expuesto a quién sabe qué reprimenda por causa de desidia, desobediencia u omisión.
Por otro lado, en el correr de las últimas décadas hemos asistido a un desplazamiento de los ejes culturales que ha permitido operar una flexibilización en cuanto a la concepción tradicional que se había mantenido desde los orígenes sobre la posibilidad de que las señoritas pateen una pelota y que además puedan hacerlo bien y ganar dinero y hacérselo ganar a otros. En ese sentido, el papel que jugaron las estadounidenses ha sido trascendental.
Con la irrupción de los EEUU en el mundo del balompié sobre finales del siglo XX, y el destaque que de inmediato adquirieron sus escuadras femeninas -muy por encima de sus equivalentes masculinos-, el acceso de las damas al universo del fútbol profesional cobró un impulso mucho más poderoso que los prejuicios, pruritos o resquemores que se albergaran al respecto.
Pero convengamos que el proceso americano tiene un detalle significativo, no se trató de la invención de un aparato publicitario y una estrategia de marketing sin asidero, ni de un capricho maniobrado por un consorcio de marcas comerciales, cadenas televisivas, redes de apuestas y magnates del deporte en pos de ganar de más dinero. Las chicas del norte venían jugando al fútbol desde hacía rato en sus barrios, colegios y campus universitarios. En USA es fútbol es eminentemente cosa de mujeres. Ningún niño de más de siete años, a menos que su origen migratorio o su contexto social lo condicione, admite voluntariamente la práctica de soccer mixto que le impone la curricula escolar, y raramente desarrollará vocación ni afición alguna. En cambio, para las niñas el fútbol vino a ocupar un nicho que venían dejando vacante lo deportes colectivos más populares entre los americanos, el football, el hockey en patines, el béisbol o el baloncesto, con sus imposiciones física y patrones de comportamiento típicamente asociados a los arquetipos varoniles.
No obtienen la mitad de las copas mundiales disputadas, ni se abre un mercado de pases propio, ni se gestiona esponsorización de primera línea, ni se labra fama internacional sólo con caras bonitas. Si hoy el women’s soccer es un pingüe negocio, se debe en gran medida a que ningún padre americano puso el grito en el cielo cuando su hija se calzó un par de botines con tapones largos y se lanzó a correr detrás de una pelota.
Para las que nos criamos en países donde las chicas que desafiaban el tabú no podían escapar de que les cargaran con el mote de ‘marimacho’ y sortear infinidad de dificultades, nacidas tanto de la mentalidad conservadora como de la más inocente improvisación, el cambio que se ha producido en este lapso relativamente corto es una acontecimiento para celebrar y si además somos madridistas, que nuestro cuadro se sume a la cruzada lo es aún más.
Sólo imaginar que Valdebebas abrirá sus puertas para dar la bienvenida a las chicas del C.D. Tacón suena celestial. Pensar que a principios de los ’90, en un país futbolero como la Argentina, a las mujeres las mandaban a entrenar a los complejos más inhóspitos que tuvieran los clubes, generalmente en terrenos auxiliares que ni tenían las líneas marcadas, y que para acceder a los vestuarios debían atravesar hileras de mingitorios, aunque por entonces Duchamp no era muy popular en esos ámbitos (ahora tampoco), y que la indumentaria que se les proveía -cuando se les proveía- incluía pantalones con suspensorio y zapatillas de tallas inusitadamente grandes que ni las medias ni los vendajes conseguían ajustar. Los cotejos solían disputarse en canchas ganadas a terrenos baldíos, donde un remate largo terminaba en las casas linderas y había que detener el partido para ir a pedirla a los vecinos o saltar el muro para recuperarla; y la mayor parte de las veces ni siquiera asistían las ternas arbitrales completas, llegándose a jugar fechas enteras con un sólo juez mustio y resignado.
A estas alturas, hagamos pues oídos sordos a las censuras, cuestionamientos y objeciones que emanan de las lenguas viperinas que ya conocemos y dediquémonos como afición a brindarle la mejor de las acogidas a estas nuevas atletas que vestirán la casaca merengue. Aplaudamos una de las medidas más encomiables que haya tomado Florentino en los últimos tiempos. Y de aquí a la Cibeles, que entre mujeres nos entendemos.


