Reflexión sobre Arbeloa y las ortigas
Editorial La Galerna
La mejor noticia de la fundamental victoria del Real Madrid en Villarreal es que, dejando a un lado la sensacional exhibición de Vinicius en el segundo tiempo y el nuevo doblete de Mbappé, resulta muy difícil elegir a los jugadores más destacados. Básicamente, todo el mundo estuvo entre bien y muy bien, que es otra forma de describir la importancia de la palabra clave: equipo. Fue un triunfo eminentemente coral que solo puede mover a concluir, como rezaba la crónica de Athos Dumas, que este Madrid va en serio. Es oficial, como se decía antes: hay un nuevo paradigma y los jugadores se lo creen.
La individualidad al servicio del colectivo era una de las ideas centrales de la cultura espartana, que por razones obvias lleva algunas semanas siendo revisitada por cronistas varios de la cosa vikinga. Lo vikingo y lo espartano suenan juntos a tormenta perfecta de la testosterona, pero es que eso mismo, bien entendido, es lo que bien propone y bien le está saliendo a Arbeloa, con determinadas variantes de la idea que convergen en un mismo estilo de juego. Ambición. Solidaridad. Firmeza. Agresividad. Denuedo. Determinación. Confianza.
“El único responsable soy yo”. fue esa frase, y no los 90 minutos de pitada impía, lo que les puso las pilas. Lo que les puso las pilas es la gratitud
Son sustantivos y los sustantivos no se conjugan, pero el verbo (que sí lo hace) se ha hecho carne en quien llama(¿ban?) títere, marioneta, palangana, bobo y pedante (pedante es mi insulto favorito, me lo dicen mucho y siempre lo disfruto: no es pedante quien quiere sino quien puede). Todas estas cosas le dicen/¿decían? a Arbeloa, pero resulta que con sus piedras hace él su pared, como las amantes lésbicas de la canción de Mecano. “Miguelito, ya sé por dónde vas” es frase característica de profesor en el aula, pero dicha con esa sonrisa y ese aplomo, en rueda de prensa, suena casi a lo contrario, es decir, al más listo de la clase, que no al pelota. El de “pelota” es otro de los denuestos que le han aplicado al espartano los infelices a los que ahora no solo se ve desconcertados, sino directamente enfadados, pidiendo a la realidad el libro de reclamaciones por no hacer coincidir los acontecimientos con las líneas maestras de su sectarismo.
Ya he usado alguna vez ese viejo aserto: un buen jefe es el que utiliza la propia polla (con perdón) para apartar las ortigas del camino de sus subordinados. Por desgracia (Albacete, pierde y vete), no pasó mucho tiempo antes de que los jugadores comprobaran que se encontraban precisamente ante ese tipo de jefe (“El único responsable soy yo”). La derrota fue tan vergonzosa como providencial: así se aprende de buenas a primeras la materia de que está hecha la gente. Al instante (“Insisto: el único responsable soy yo”) supieron que lo darían todo por ese tipo, en riguroso quid pro quo. Es esa frase, y no los 90 minutos de pitada impía, lo que les puso las pilas. Lo que les puso las pilas es la gratitud.
Así que no, no son exactamente unos vagos que solo corren cuando quieren, aunque la frase no esté exenta de un componente de verdad. Tampoco son del todo los damnificados por una pizarra inflexible que ahora vuelan libres de automatismos panenkitas castrantes. Son —y esto dice cosas malas y buenas del grupo— veintitantos jugadores que andaban en busca de autor, parafraseando a Pirandello, presa todos ellos de la confusión más que de la desidia, aunque también hubiera algo de eso último. A partir de ahora pasará cualquier cosa, pero podéis contar con una certeza: lo que acontezca tendrá sustancia, y no descartéis que a lo literario se una el frescor revitalizante del metal.
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