Resurrecciones a la catalana
Julia Pagano
El fútbol ha sido terreno fértil para las expresiones espirituales prácticamente desde sus orígenes.Es cierto que pocos cuadros han alcanzado a revestirse de la mística que convierte a sus escudos en objetos sacramentales, por encima de fronteras geográficas, culturales, religiosas; más allá de buenas o malas rachas, de infaustos o abnegados dirigentes, de sequías prolongadas o fecundas temporadas, incluso de descensos y carpetazos. Los madridistas sabemos de qué se trata.
Todo hecho deportivo implica en cierto modo una búsqueda de la trascendencia. El evento fundacional de un club de por sí remite a la experiencia apostólica. Ese grupo de personas que se congregan en torno a un ideal para crear una nueva entidad, postulan una meta y una misión, y designan a sus enviados para diseminar el mensaje por todos los confines del planeta remite con mucho al relato evangélico. Ningún equipo, por modesto que sea, sale al campo con otro propósito que ganar.
No en balde una de las máximas capitales del balompié dice que “una vez que empieza a rodar la pelota, en esos 90 minutos, todo puede suceder”. El milagro forma parte de la esencia del juego y, para que los milagros ocurran, es imprescindible la fe. Bien dicen los teólogos y las abuelas que “a la fe hay que ayudarla”. Y ahí, por obra y gracia de entenderlo todo mal, entra a tallar el pensamiento mágico.
En lugar (además, en el mejor de los casos) de traducir esa ayuda en esfuerzo, templanza y dedicación; la mayoría de los futboleros apela a una surtida variedad de recursos para congraciarse con algún poder ultraterreno. Desde los tradicionales novenarios y devociones, pasando por filtros y simpatías populares, hasta intrincados rituales, cábalas y fetiches fabricados al paso.
Sería materia de otro artículo detallar la colección de parafernalia, ritos o excentricidades exhibidas. Todo vale con tal de convocar los favores de la Fortuna. Lo mismo se cuelgan rosarios, medallas y escapularios, que amuletos de cualquier filiación religiosa o industrial. Cualquier prenda u objeto puede adquirir facultades prodigiosas si alguna jurisprudencia lo respalda: la virgencita de Bilardo, la tricota gris de Guardiola, la gorra de Klopp o el balde de Bielsa dan prueba de ello.
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