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Opinión·5 de mayo de 2025

Rullán, la leyenda; Rafa, el hombre; Rafita, el amigo

J

José Luis Llorente Gento

Cuando se va uno de los nuestros el corazón se resquebraja crujido por un rayo helado y cálido al mismo tiempo. No puedes evitar que así sea, porque las emociones que convocan los recuerdos se suman a las imágenes en las que lo ves en su esplendor, fino, elegante, como lo fue en vida. Casi podríamos decir que Rafa vivió como jugó, con la clase como sello, sin grandes aspavientos excepto en las injusticias, pisando firme sin hacer ruido, porque la agilidad le acompañaba siempre. Cuando resolvía una situación compleja en el poste bajo o en la vida, daba igual, en cualquier caso aplicaba un juego de pies aterciopelado, una sonrisa sincera, relajada, inspiradora de confianza.

Rafa fue un compañero excepcional, aquel al que los entrenadores colocaban junto al novato para que lo fuera encauzando, sin prisa, con el ejemplo y los consejos envueltos en sosiego. La fortuna me regaló su compañía recién llegado al primer equipo madridista, cuando era uno de los cimientos del equipo, también de la selección nacional. Uno de mis ídolos, que se había desarrollado desde la promesa a la confirmación casi al tiempo que este cronista se hacía un hombre. Así, los destellos de joven de maneras exquisitas le convirtieron en jugador de leyenda, con repertorio técnico amplísimo y de ejecución al alcance de casi nadie.

Mi debilidad bajo el aro: Rafael Rullán

Rafa jugaba al poste bajo, medio y alto como nadie lo hizo antes y nadie lo ha hecho después. Créanme. Dominador de todas las suertes de este terreno, maestro en la pista y fuera de ella, cabal y prudente. Claro que tenía su genio, pero sabía conducirlo con soltura, con algún aspaviento cuando le pitaban una falta impropia, aunque su cara dibujaba una excusa, como si la protesta le pareciera un exceso. Nuestro Rafa, que nació con nombre rotundo, Rafael Rullán Ribera, se desenvolvió con las armas contrarias: el dominio de la técnica de los pies, tan inusual en los hombres altos, un bailarín sorprendente que ganaba las batallas a los tanques.

Nuestro Rafa, que nació con nombre rotundo, Rafael Rullán Ribera, se desenvolvió con las armas contrarias: el dominio de la técnica de los pies, tan inusual en los hombres altos, un bailarín sorprendente que ganaba las batallas a los tanques

La vida del deportista es cruel, porque la madurez del hombre anticipa la jubilación del fútbol, del baloncesto, aún más en los deportes individuales. Para nuestra fortuna, Rafa pasó de maestro a delegado del equipo. Desde esta posición nos brindó su ayuda con su carácter detallista, conciliador, con su sonrisa casi perenne, con su sentido del humor. Después, entró en los despachos del club junto a Ramón González, y culminó su vida madridista en la Fundación, nadie mejor que él para contribuir a la excepcional labor de esta entidad.

Se nos fue el amigo, un arquetipo de los que escasean, un madridista clásico, forjado en la escuela de Bernabéu y Saporta, un hombre que siempre estuvo en su sitio, y cuando digo siempre me ciño a mis recuerdos y a lo que me contaron. Cada uno con su personalidad, uno de los gigantes que levantó al Real Madrid de baloncesto hasta la cima del baloncesto FIBA, escribiendo una era legendaria, la que sólo los pioneros pueden escribir.

La vida puede ser más injusta que el baloncesto, y a un hombre bueno le trajo desgracias que nunca cicatrizan del todo: la muerte de su hijo Jaime, joven prometedor, fue un golpe terrible, un mazazo del destino, de los que caen para recordarnos que dependemos de un hilo evanescente.  Como la última enfermedad que se lo ha llevado, larga, invalidante, que, para compensar nos ha descubierto un ángel en la Tierra, su Belén, no me atrevo a llamarla nuestra Belén. A ella, y a sus hijos, mis condolencias en forma de columna de palabras sentidas, de un homenaje a un gran amigo que fue genio y maestro, que nació con nombre rotundo, que en seguida pasó a ser Rafa, y que desplegaba tanto cariño a su paso, que pronto le llamamos Rafita.

 

Getty Images

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