Sánchez Martínez, el rayo que no cesa
Pablo Rivas
Cartas de un madridista millennial: El rayo que no cesa
Hola de nuevo:
Hace ya un tiempo te conté que en las vísperas del derbi madrileño me gusta tranquilizar los nervios hojeando poemarios de Miguel Hernández. Todo empezó un poco de broma, por aquello de ironizar acerca del sobado concepto de “equipo del pueblo” con el que algunos gustan de verse más guapos en el espejo, como si la representación popular uno pudiera arrogársela por sí mismo, atajando el largo, fatigoso e inevitable proceso de decantación que requiere el depósito de la simpatía en las conciencias ajenas. Sin embargo, hoy quise huir de tópicos y pasé de largo del volumen de Viento del pueblo. Escogí otro de mis predilectos, El rayo que no cesa, título con el que pasé las horas previas y que a la postre resultaría profético por múltiples causas.
La primera de ellas, la polémica arbitral, auténtico rayo que por desgracia jamás se interrumpe en esta clase de encuentros. Siempre existen dos bandos agotadores ante cada acción mínimamente dudosa: el de quienes ponen el grito en el cielo y escriben con tinta indeleble en la lista de agravios y el de quienes amontonan excusas para justificar lo injustificable. Incluso, en numerosas ocasiones, un mismo hincha representa ambos papeles con el paso de los minutos. Así ocurrió con los aficionados colchoneros, quienes se desgañitaron de manera enfermiza con el gol justamente anulado a Savic para, posteriormente, terminar balbuceando evasivas ridículas tras cada una de las sucesivas penas máximas que el trencilla iba perdonando al Atlético de Madrid. Porque Sánchez Martínez, acaso por haber nacido a apenas cien kilómetros del genio de Orihuela, quiso homenajear aquello de barro es mi profesión y mi destino, que mancha con su lengua cuanto lame, eligiendo no señalar como penalti ni la zancadilla deliberada de Saúl a Lucas Vázquez, ni el insidioso derribo de Savic a Bellingham, ni el vergonzante abrazo del oso con que Llorente obsequió al inglés.
Para entonces el Madrid ya iba ganando, tras una primera parte solvente cuyo único punto flaco era la inseguridad que transmitían los defensas y el portero ante cada balón aéreo. El gol anulado al Atlético constituyó un aviso que los más cenizos interpretamos como la antesala de la tragedia si no se conseguía ampliar la escasa renta. Umbríos por la pena, muchos paseábamos en círculos ante el televisor esperando la puntilla que nos permitiese relajarnos, siempre pospuesta en última instancia hasta el próximo contragolpe. Bellingham, Rodrygo, Valverde y Camavinga cabalgaban con ímpetu y elegancia, llegando a posiciones ventajosas, aunque sin acabar de facturar. Y, por encima de todos ellos, ese pequeño gigante llamado Brahim, que atacaba el área rojiblanca como si fuera un huracán de lava en el presidio de una almendra, o un rayo sujeto a una redoma. De ahí que nos echásemos las manos a la cabeza con su sustitución, grosero error de un Ancelotti poco inspirado y demasiado contemporizador. Nuestro bon vivant exhibió un aire inexplicablemente elegíaco toda la noche, quizá resignado por tanta baja a afrontar sufridamente el resto del partido en la banda, sin calor de nadie y sin consuelo, medio encogido de hombros y caminando de su corazón a sus asuntos.
Sánchez Martínez, acaso por haber nacido a apenas cien kilómetros del genio de Orihuela, quiso homenajear aquello de barro es mi profesión y mi destino, que mancha con su lengua cuanto lame, eligiendo no señalar como penalti ni la zancadilla deliberada de Saúl a Lucas Vázquez, ni el insidioso derribo de Savic a Bellingham, ni el vergonzante abrazo del oso con que Llorente obsequió al inglés
Perdida la velocidad, el último tramo se enrareció poco a poco, casi de forma imperceptible. El Madrid había tratado de conservar la pelota juntando a Modric y a Ceballos, pero el esférico no terminaba de pasar tanto por ellos como por Mendy, quien tenía uno de esos días extravagantes en los que también parece querer evocar las poesías de Miguel Hernández con cada control, cada regate y cada pase: “me tiraste un limón, y tan amargo”. No obstante, el Atleti no parecía capaz de soltar zarpazos auténticos, y los más optimistas de la grada comenzaron a ameritar el logro que suponía haber conseguido de facto el campeonato en el mes de febrero. Todo se asumía ya como hecho cuando, en el descuento, el enésimo balón mal defendido acabó por casualidad en la cabeza de Marcos Llorente, bravo toro de la dehesa madridista que respira corazones por la herida desde un gigante corazón vecino. El equipo blanco suele sufrir históricamente las acometidas de sus ex —y quién no, me replicarás— hasta el punto de que el trebolar del Bernabéu se halla cubierto de amorosas y cálidas cornadas con el dolor de mil enamorados. El empate llegó sin opción para la reacción y aplazó la prematura celebración del Madrid; confirmando al mismo tiempo y una vez más que, para los merengues, la competición doméstica es un parto eterno, sin posibilidad de relajación o descanso.
Se preguntaba Miguel Hernández en 1936 si alguna vez cesaría el rayo que le habitaba el corazón de exasperadas fieras. Para responderse a continuación que este rayo ni cesa ni se agota / de mí mismo tomó su procedencia / y ejercita en mí mismo sus furores. Esta obstinada piedra de mí brota / y sobre mí dirige la insistencia / de sus lluviosos rayos destructores.
Habrá, pues, que ganar al Girona y al Barcelona. Qué remedio. Aún hay liga.
Cuídate. Volveré a escribirte pronto.
Pablo.
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