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Opinión·1 de septiembre de 2015

Si yo fuera Keylor Navas

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Jesús Bengoechea

Empiezo a escribir este artículo a la una de la mañana del día siguiente a un despropósito de fin de mercado futbolístico que ha tenido por testigo incrédulo al aficionado futbolero de medio planeta, por responsable del mismo a una –o, más probablemente, dos- de las entidades deportivas más importantes del mundo, y por víctimas colaterales a dos de los mejores porteros de la actualidad. En medio de la confusión reinante a la hora en que escribo estas notas, no queda claro si el principal responsable del desaguisado es el Manchester United o el Real Madrid, aunque sí es evidente que tanto De Gea como Keylor Navas, como resultado de todo este desatino administrativo de plazos y acusaciones, están pasando las horas más amargas y frustrantes de su carrera deportiva hasta la fecha.

No queda claro (decimos) si el principal culpable es el Manchester o el Madrid, pero sí parece obvio que –al margen de responsabilidades en el hecho concreto de que la operación haya sido fuera de plazo, casi como el atleta que pisa la línea y hace nulo su salto de longitud- la gestión por parte de nuestro club de toda esta sucesión de nombres (Casillas-Keylor-Casilla-De Gea) es muy difícilmente comprensible para el aficionado medio. Poca gente entendía que se pagaran tantos millones (y que se incluyera a Keylor en la operación) por un jugador que habría venido gratis en unos meses, pero incluso quienes formaban parte de esa corriente de pensamiento no pueden encontrar alivio alguno en el hecho de que la operación haya sido finalmente abortada, porque el modo en que sus temores se han disipado hace que no compense: nadie, absolutamente nadie, está contento con el rocambolesco final (¿?) de esta situación. Es una paradoja pasmosa y tragicómica.

Se decía que una de las razones para pagar muchos millones + el mejor portero del último Mundial por De Gea, a pesar de que como decimos podía venir gratis el año próximo, era la capacidad de aguante mostrada por el guardameta ex-atlético, que ha exhibido una gran determinación por fichar por el Madrid. No sabemos si es cierto que este factor emotivo impulsó en parte al club, ayer por la noche, a cerrar un trato que a priori se antojaba muy favorable al Manchester United, pero se trata de un argumento con un reverso demoledor. Si podemos llamar determinación o ambición por jugar en el Madrid  a lo mostrado por De Gea desde mayo de 2015 hasta aquí, ¿cómo habría que llamar a la ambición, la callada y abnegada determinación por jugar en el Madrid que ha mostrado Keylor Navas desde (digamos) junio de 2014?

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Keylor Navas fue (lo repetimos) el mejor o uno de los mejores porteros de la última Copa del Mundo. Ficha por el Madrid aun a sabiendas de que un obstáculo llamado Casillas podría cerrarle el paso, pero aprieta los dientes, calla y sigue adelante por la apuesta. Después se confirma que el peso de la leyenda de un portero en flagrante declive puede más que su propio esfuerzo y desbordante clase; pero aprieta los dientes, calla y sigue adelante porque quiere jugar en el Real Madrid. Después contempla cómo una prensa que le ningunea (no nos olvidamos de ello, a pesar del risible giro pro-Keylor recientemente llevado a cabo por la Central Lechera, cuyo antiflorentinismo ha demostrado ser superior al resto de sus antivalores) habla de la inminente llegada de De Gea para sustituir a Iker; pero aprieta los dientes, calla y sigue adelante porque quiere jugar en el Real Madrid. El costarricense ha demostrado en todo momento una actitud tan ejemplar y-nos atrevemos a decir- un madridismo tan admirable que nos cuesta entender bajo qué supuesto se suponía que De Gea merecía más premio que él. No se nos diga eso. Dígasenos que desde el club se pensaba que De Gea es tan infinitamente superior a Keylor como para merecer la operación que estuvo a punto de cerrarse, y lo creeremos. Me explico: creeremos que se creía eso, aunque nos cueste mucho creer que lo creído era un acierto.

Si yo fuera Keylor Navas, consideraría esta situación como la gota que colma el vaso de la ingratitud, y me costaría mucho perseverar en mi política de silencio y denuedo. Sin embargo, también, si yo fuera Keylor Navas intentaría (sería difícil, pero lo intentaría) hacer mayor acopio aún de las virtudes que me han adornado hasta la fecha, entre las que la templanza ocupa un puesto destacado. Trataría de contemplar el nuevo escenario (sería difícil, pero lo intentaría) con ojos de feroz positividad. La afición, de pronto, está con él, habiendo incluso coreado su nombre en el último partido ante el Betis, algo así como un sueño largamente trabajado y súbitamente convertido en realidad. Incluso la prensa, como indicamos y a pesar de haber dado ese giro por razones poco edificantes, está ahora de su lado también. Este cierre agónico y cruel de mercado no hará sino acrecentar la solidaridad y el cariño hacia Keylor por parte de todo el entorno madridista.

Keylor Navas me saca muchas millas de distancia en infinidad de valores, especialmente en su fe en Dios, que envidio en él y en otros como él. Si yo fuera Keylor Navas, reflexionaría sobre los extraños caminos que la voluntad del Señor escoge a veces para concretar su cumplimiento. Entre esos caminos puede contarse incluso un invento del diablo: la burocracia.

Yo le pido a Keylor algo arduo: que mantenga a partir de ahora la misma actitud de siempre. Este sí que ha nacido para jugar (y para triunfar) en el Madrid, como muestra este guiño de un destino con trazas de chupatintas, pero Destino al fin. Keylor es el portero del Real Madrid ahora más que nunca, y esta verdad resplandece en medio del desastre administrativo y la confusión generada.

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