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Opinión·30 de mayo de 2019

Sin deudas con Sergio Ramos

M

Manuel López

 

Seguramente a consecuencia de la lastimosa temporada que el Real Madrid ha realizado en el curso 2018-2.019, la desafortunada petición de Sergio Ramos al Club (dando por buenas las informaciones publicadas, en líneas generales, por su falta de desmentido por ninguna de las partes), tanto en el fondo como en el momento –que no en la forma, digamos en su descargo- no parece haber sido recibida por los aficionados y el entorno en general con la indignación que era esperable.

No soy en absoluto sospechoso –basta ver la fotografía de mi perfil- en cuanto a la admiración que profeso por Sergio como futbolista, así como reconozco su acertado proceder en los últimos años como capitán del barco.

No solo me parece el mejor central, a nivel mundial, de la última década y uno de los mejores de la historia, sino que además le destaco dos características muy personales, cuales son su carácter ganador, que le hace ser insuperable en partidos de máxima exigencia y decisivo en momentos puntuales, que se verifica en su segunda característica a subrayar, su puntería goleadora, pese a su posición en el campo, seguramente labrada a partes iguales entre su infancia de killer del área, y el mencionado gen ganador que posee.

Ni yo ni millones de madridistas olvidaremos nunca su gol en la final de Lisboa en mayo de 2.014, que nos trasladó en un segundo del infierno a la gloria cuando los aficionados del Glorioso estaban a punto de cerrarnos sus compuertas. Aquel gol provocó un delirio entre los que estábamos en las gradas que consiguió que la siguiente imagen con consciencia fuese el inicio del tiempo extra.

 

Nunca dejaremos de reconocerle ese gol, ni otros muchos, ni tantos partidos, ni acertadas declaraciones fuera de la cancha defendiendo al Club. Todos ellos momentos sumamente afortunados. Pero todo eso ha sido, con creces, devuelto a Sergio por el Real Madrid.

No me estoy refiriendo solamente a que el Club le ha abonado puntualmente todos los estipendios que contractualmente tiene firmados, sin alteración, suspensión o reducción alguna, sino que ha sido la imagen y repercusión mundial que tiene el Real Madrid lo que ha llevado a Sergio Ramos a estar presente en todo tipo de trofeos individuales año tras año.

En este punto no puede haber confusión o malentendido alguno: el Real Madrid no le debe nada a Sergio Ramos. Ni a él ni a ninguno de los jugadores que han tenido la inmensa fortuna de defender la camiseta del mejor equipo del mundo.

Ellos, los futbolistas, son actores puntuales que coadyuvan a seguir agrandando la estela y la historia del Real. Pero antes de que ellos llegaran, ya había un Club ganador, y cuando se marchen, el Club seguirá ensanchando su leyenda a base de éxitos, a través de otros jugadores.

Más tarde o más temprano, Sergio Ramos saldrá del Club, y será recordado como un grandísimo jugador y un extraordinario capitán, con sitio propio entre los elegidos.

Pero a partir de ahí, y como ha sucedido antes y ocurrirá después de su partida, seremos muchos los madridistas que domingo tras domingo, y temporada tras temporada, renovaremos nuestro abono y acudiremos gustosos y felices con nuestros hijos al estadio Bernabéu para disfrutar de nuestro Madrid, aun sin adivinar siquiera que jugadores portarán su elástica.

 

 

Todavía recuerdo la discusión con mi padre, a consecuencia de mi disgusto/indignación con Florentino por la salida –precipitada, a mi juicio- de Fernando Redondo, capitán ganador de la Octava apenas dos meses antes. Su repetido argumento fue que “del Madrid salió Don Alfredo Di Stéfano, el más grande de todos, y no pasó nada. Seguiremos ganando y así será siempre, juegue quien juegue, porque no hay ningún futbolista más grande que el Club”.

Con los años no solo lo entendí, sino que me he convertido en un ferviente defensor de esta realidad inobjetable.

Es indispensable para recuperar nuestra senda de éxito, que todo aquel jugador de la actual plantilla que se considere acreedor del Real Madrid, salga y deje paso a otro lleno de energía, ilusión y ganas de contribuir a seguir construyendo nuestra leyenda. Se le agradecen los servicios, se formaliza la operación, y se le reserva un sitio en la historia. Como a otros.

Aquel jugador que no interiorice que es uno de los elegidos para seguir escribiendo páginas doradas en el Libro del Real, o no sea consciente de que su habilidad futbolística está puesta a la loable actividad de engrandecer aún más al Real Madrid, no debe permanecer en nuestras filas. Se llame Sergio, Cristiano o (don) Alfredo.

 

 

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