Todo lo que no me gusta de este nuevo Madrid (y no me atrevía a confesar)
Julia Pagano
Fue en Mayo y un francés nos conducía. No era París, sino Kiev, un sitio que también tiene su qué ver con revoluciones y decepciones. No ocurrió hace cincuenta años, sino apenas tres meses o poco más que nos encontramos sumidos en la apoteosis de un sueño hecho realidad, la consagración de la poesía, el triunfo de la emoción sobre la áspera racionalidad.
Por unas horas fuimos todos amigos, hermanos, amantes; se derrumbaron los prejuicios y caducaron viejos atavismos; temores y resquemores quedaron abolidos y reinó la más prístina fraternidad. Gritamos, cantamos, lloramos de alegría y nos fuimos a dormir abrazados a un trofeo que era el símbolo de esa ilusión alcanzada a fuerza de pasión y temeridad; de luchas e inconsciencia y también de un poco imprescindible insolencia.
Mas, antes de que se disparan los vapores de la gloria alcanzada, amanecíamos saboreando aún las mieles el fruto encantando y el en el desayuno apuramos el trago más amargo que jamás hubiésemos imaginado; ante nuestros ojos soñolientos todo aquello que veníamos de vivir (¿o de soñar?) se hacía añicos en el breve lapso de una conferencia de prensa.
Sin la villanía de un Rhett Butler ni la austera entereza de un Rick Blaine, con la misma sonrisa cándida y compradora con que nos había cautivado desde el primer día, el artífice de la hazaña se nos plantaba sin prolegómenos a espetarnos su renuncia. El romance se terminaba en forma inexplicable e indeclinable. Hasta aquí llegó mi amor, queridos. Como Trotsky a México, como el Che a Bolivia, como Mía Farrow al Tíbet; Zidane se marchaba sin rumbo conocido. Al rato lo vimos asoleándose en las graderías de Roland Garros, no era cuestión de andar derrochando heroísmo.
Mientras ahí quedamos nosotros, mudos, contemplando las cenizas de Tara, el avión despegando de la pista de Casablanca, la silla vacía, el hueco aún tibio en la cama…
En ese punto, nuestros senderos se bifurcaron. Los de Zizou y los del Real Madrid y también los míos por mera decantación. A partir de ese preciso instante nada de lo que haría el madridismo, desde la cúpula a la grada, iba a simpatizarme en lo más mínimo, todavía menos me conformarían las reacciones que he venido cosechando ante cada manifestación de disgusto. No es que fuera a esperarme un despliegue de entereza a lo Scarlett O’hara, ni la sombría astucia del tahúr en el exilio, ni el arrojo desesperado del soldado Maggio. Pero tampoco tan poco.
La grieta comenzó a ensancharse ni bien empezábamos recobrar la voz perdida tras el shock. En tanto la mía se alzaba en airadas protestas, reproches indignados de novia abandonada en el altar, mis pares de la afición desgranaban rosarios de gratitud e indulgencia entre ahogados sollozos de viudita resignada.
A falta de mejores conjeturas, esas diatribas de la sumisión bien podían haber aportado una pista acerca de los motivos de ZZ para decretar su huída, pero la vida continuaba y esto recién empezaba. Antes que ponerse a buscar explicaciones, lo que urgía era salir a encontrar un nuevo técnico.
De entrada me costaba digerir la parca desidia con que la dirigencia se tomó el asunto desde el vamos. Sin embargo, la ruleta de potenciales sucesores empezó a girar, más impulsada por los medios de prensa que por los verdaderos interesados, admitámoslo, sin que ninguno de los candidatos me resultase convincente en lo individual ni coherente en el planteo, si es que había uno. Aun tomando en cuenta que la mayoría serían invenciones de los periodistas para alborotar el avispero, sacar de mentira verdad o aumentar las ventas, siquiera un puñado contaría con alguna apoyatura de verdad, así fuesen expresiones de deseo, filtraciones de fuentes confiables oídas de soslayo, sospechas o certezas sobre reuniones que nunca son completamente secretas. Y si nada me gustaron los nombres barajados, menos comprendía la ausencia de otros que ya no vienen al caso.
Por fortuna la inminencia de la Copa del Mundo vino a distraer las ansiedades en alza ante esa falta de definición de parte de Floren & Co. Hasta asomaba cierta lógica en la postergación, ya que la cita mundialista se presentaba propicia para otear el terreno, establecer contactos, sondear intereses y revaluar cotizaciones. Pero no. A menos de una semana del pitazo inicial, cometieron el atropello más grande e inesperado que pudiésemos imaginar proclamando abruptamente la contratación de Lopetegui. Y por más que hayan tratado de reconvencerme, recitando la historiografía completa de los clubes que se birlaron seleccionadores nacionales en funciones, y repitan el latiguillo ‘si todos lo hacen, nosotros por qué no?’ (con el mismo argumento, ¿también robaríamos la limosna de la iglesia o apalearíamos perros callejeros?), mal podré aceptar de buen grado la forma en que procedió el club, como tampoco que el favorecido fuese Lopetegui que, si ya no me gustaba como DT de la Roja, por qué habría de gustarme ahora al frente de nuestro primer equipo. Ni la pataleta de última de hora de Rubiales iba a ayudarlo a ganar algunos puntos en mi ranking.
Pero ‘a rey muerto, rey puesto’, así que a conformarse con el nos habían impuesto. Confieso que tras el patético melodrama de su discurso de asunción, en el que demostró que el micrófono no es su fuerte -como sigue corroborándolo cada vez que le ponen uno delante-, el sobrio silencio con que se condujo durante los primeros días de su gestión, sobre todo en materia de preferencias o pretensiones para refuerzos de la plantilla, le subí un poco la calificación. Nada más sensato que no querer cambiar un ápice al equipo que venía de consagrase campeón de Europa y cuyos integrantes a esa altura descollaban en sus respectivas selecciones incluso cuando no disponían del respaldo de un contexto a su altura.
Digamos que el silencio a Julen le sentaba. El asunto de las futuras contrataciones quedó circunscripto a la fértil inspiración de los agentes mediáticos, y mientras en el club la voz cantante la llevan ahora las oficinas. El eje de la comunicación en el Real Madrid se ha desplazado, o mejor dicho centralizado en alguna oscura burocracia ad hoc abocada a emitir escuetos oficios acerca de los movimientos del mercado de transferencias, trascendidos y desmentidos que los hechos se ocuparían de confirmar o des-desmentir.
Aunque se empeñen en explicarme que el fútbol es otra cosa sin aclararme jamás qué otra, siempre que en las asociaciones el espíritu corporativo prevalece sobre las personas la magia se desvanece y los hombres se convierten en metonimias anónimas y permutables, mano de obra, prestaciones, mercancía, goles convertidos, asistencias, vallas vencidas o invictas y una cifra al pie.
La pérdida de la perspectiva humana en la aventura del fútbol que está acusando el Real quedó en evidencia a lo largo de las semanas transcurridas entre la conclusión de Rusia 2018 hasta el cierre del periodo de pases. Desde la negligencia puesta en detener la salida de CR7 hasta el repentino zarpazo de ahogado de la repatriación de Mariano, que me suena a salvavidas de plomo, pero ha de ser mi mala memoria. La acumulación de arqueros -¡llegamos a cargar cinco en un avión para un único partido!- parecía una estrategia adrede para desmoralizar a Keylor, y terminó con la salida de Lunin al Leganés y el “lujo” de tener en el banquillo al mejor guardameta del mundial que en definitiva supimos que, con tal de estar cerca de sus hijos, venía a España hasta de aguatero.
Sin ánimo de pasar por mal pensada, llego a percibir hasta cierta cuota de sadismo en la forma de manipular a algunos jugadores como es el caso de Vinicius Jr., que lo traen de uno de mayores cuadros de Rio de Janeiro para hacerlo jugar en el Castilla con la excusa de la adaptación a la cultura y al medio, en una total muestra de desconocimiento no sólo de la psicología del futbolista sudamericano, sino de la magnitud del Flamengo como cuadro y del Brasil como nación. O esta súbita exaltación del hasta hace poco eterno relegado Luka Modric, explicable sólo en función de los merecidos reconocimientos que le valiera su desempeño en la escuadra croata y del imperativo de llenar el vacío de ídolos creado en la formación madridista.
Están quienes justifican estas inconsistencias en términos económicos, políticas de gasto e inversión, estados financieros. Que el Real Madrid no puede solventar una constelación de estrellas si quiere conservar la independencia de sus recursos. Que, si no queremos a los jeques o a los cosacos o a los samurais dictando las normas, debemos apretar el cinturón y conformarnos con lo que tenemos. Aquí parece que no vale reivindicar la emulación de lo que hacen los demás. Pues entonces, si trata de un problema de capitales, ¿qué tal una emisión de bonos? Si existieron los bonos Snoopy y los bonos Bowie, ¿por qué no han de cotizar alto los bonos Keylor, los bonos Luka o los bonos Vini? Si de jugar Monopoly se trata, no hace falta más que un agente de bolsa más o menos avezado.
A punto de concluir este artículo me dicen ahora que las prioridades de la directiva de aquí en adelante se van a concentrar en la renovación del Bernabéu. Una obra edilicia de dimensiones y costos astronómicos. Al menos ahora se comprende el destino de tanto ahorro. Por un rato me entretuve pensando que seria para solventar algunos arbitrajes favorables ‘como lo hacen todos’… Me tranquiliza saber que no hemos caído tan bajo. Es solo que a nuestros dirigentes le importan más los muros que los hombres.
Con más un siglo de experiencia a cuestas deberíamos haber aprendido que cuando las revoluciones de la ilusión se vuelcan diametralmente al pragmatismo hiperrealista la suerte está echada. Cuando los ideales se tuercen hacia el verticalismo y la homogeneidad, los individuos se disuelven y cuaja la masa obediente a un politburó omnipresente pero no por ello omnisciente.
El mitógrafo y novelista británico Robert Graves recomendaba conservar por lo menos un par de supersticiones para compensar el exceso de racionalismo de la vida moderna. Seguramente el autor de Yo, Claudio y La diosa blanca no es muy popular entre la gente de fútbol, será por eso que incluso antes de obtenerlo nos jactamos de desestimar toda connotación agorera en el número del trofeo que finalmente supimos conseguir. Sin embargo, daría la impresión de que, por desatendida, la maldición de la 13 se ha cernido con mayor perfidia sobre nuestros pasos, así pues no solamente se ha ensañado con nosotros sino que además nos ha hecho incapaces de reconocerla. La imagen de Cristiano aislado y cabizbajo abandonado el campo de Kiev me remite de alguna manera a una intuición de esa pesada certidumbre. Un hechizo que se rompe para siempre como el de las especies condenadas a cien años de soledad.
Llamadme lírica, llamadme tonta, llamadme traidora, llamadme Ismael. Si hemos de seguir adelante obsesionados tras el rastro de una ballena blanca que nos provoca con sentimientos encontrados, a sabiendas de que tarde o temprano nos conducirá al naufragio, quisiera ser de los pocos -o muchos- que pasada la borrasca consigan alcanzar la costa y arrastrarse hasta los blancos muros flamantes e impertérritos para estampar sobre ellos la consigna de una nueva utopía: “Seamos madridistas, pidamos lo imposible”.


