Toni Kroos recupera un balón en las costillas del campo
Mario De Las Heras
Ay, el Madrid. Hace unos años estuve en Nueva York y todo el mundo me preguntaba por el Madrid, casi desaforadamente, como si yo, por madrileño, estuviera también tocado por su gloria. Me miraban como si fuera una joya, como si algo en mí brillara igual que el Madrid. Estoy seguro de que nada brillaba en mí, pero ellos lo buscaban.
Recuerdo mi primer viaje a Italia. Debía yo tener doce o trece años. Al saber que yo era de Madrid, todos esos italianos me preguntaban por Butragueño. Butragueño, Butragueño. Y yo, claro, hacía como que lo conocía, como que era mío. Me sentía orgulloso de Butragueño, de mi Madrid que ya se me había metido por dentro.
Tan dentro está el Madrid de nosotros que es como un chip. Es el chip prodigioso. Porque no es una cuestión de sentimiento. Es una cuestión física. El Madrid te hurga, navegando por tus venas. El Madrid te rasca, te golpea. Te sorprende. Si alguien nos hiciera esa pregunta que se hacen los del Atleti: ¿Por qué somos del Madrid?, habría que responder que porque lo llevamos dentro.
Porque el Madrid te rescata con un pellizco de la indiferencia y de la catástrofe. El Madrid te renueva. Un día cualquiera, cuando menos se le espera. Ese día te arregla el día y a lo mejor no te has dado cuenta, pero te ha arreglado la vida. Un partido, un gol como el tercero del sábado te hace fluir, bullir, la sangre apelmazada.
El Madrid está dentro de nosotros y no lo sabemos. No sentimos que lo llevamos infiltrado. Cuando vemos algo como lo del sábado creemos que nos gusta desde fuera, pero nos gusta desde dentro. El chip prodigioso nos estimula como si fuera la primera vez, porque las cosas como las del sábado siempre suceden una primera vez.
Nos gusta, nos emociona porque es como si surgiera de la nada. Es la adolescencia llamándonos otra vez. Porque en realidad de la nada se venía. De la fealdad resurge la belleza que llevábamos inoculada, que llevamos inoculada para siempre. Por el Madrid somos artistas siempre en vilo a causa de la inspiración.
Artistas que a veces creen haber perdido su don y, de repente, lo recuperan como si fuera el amor. El primer amor. Porque, ¿qué es Kroos recuperando un balón en las costillas del campo? No es nada más que el inicio de un viaje fantástico por nuestro interior. Kroos para Marcelo, algo en apariencia sencillo e intrascendente.
Kroos, que parece decirle a Marcelo: “Hazlo”. Y mientras, Isco que se mete como si fuera a correr la banda, ¡Isco corriendo la banda!, ¡qué mascarada! Eso no puede ser verdad, pero Isco se mete y Marcelo rebrinca y mueve sus rizos que suenan a esponja y se la da, y va Isco y dice: “anda ya, tómala”, y se la devuelve de un taconazo loco. De genio.
Genio Isco. A Isco lo quería yo vender, pero vender, incluso regalar, hacía un minuto y me lo ha robado todo en un segundo. Todas mis certezas. Genio Isco por un solo toque. Y esa pelota genializada de caramelo la recoge otra vez Marcelo que ya ha puesto las turbinas. Marcelo parece que va a hacer algo más, pero, mientras sólo parece correr hacia el corazón celta, ya ha soltado la pelota que va para gol cantado haciendo un escandaloso rodeo.
La ha soltado para Benzema que viene enfilado rozando la hierba con su finura apabullante de lirios de oro. Benzema la pisa en carrera y se da la vuelta, se da la vuelta en carrera como si de sus botas saliesen pequeños propulsores que él controlara desde su torre impresionista de control. Benzema baila, baila ante nuestros ojos como nunca nadie ha visto bailar. Nos habla la geisha del anuncio de Blade Runner.
Ese equilibrio, ese ademán, esa ejecución para el delirio. Benzema, el bailarín, el monstruo de la escena, avanza entre tirabuzones espasmódicos (yo aún siento espasmos al verlo una y otra vez), y luego lo deja todo a su derecha. Lo vierte. Parece un contraataque de rugby llevado a cabo por artistas circenses. Es Lucas. Lucas, sí, quién aparece en último término por obra y gracia de Zidane.
Es Lucas quien la coloca, sin detenerse, y hace el extra point entre los dos palos y entre cinco defensas. Y yo me siento como Vincent Vega yendo a buscar a Mia. Y todo eso después de ver a Bale de titular haciendo la Great Court Run en el Trinity College de Balaídos durante toda la primera parte, y de verle defendiendo, defendiendo en la oscuridad, lo que le quedó de la segunda.
No se sabe qué es. Simplemente es el Madrid. Nadie lo sabe. Es como un fantasma que arrolla a sus rivales. Como el fantasma que debieron de sentir en Benzema los defensas celtistas mientras los traspasaba por el medio, como propasándose delicadamente. Cómo viene Zidane, y no lo recordábamos de cuando vino igual hace cuatro años.
Ha venido con todo aquello. Asombrándonos. Haciéndonos callar. Vinicius, qué jugador, ¡ya está hecho un hombre!, conteniéndose como Spencer Tracy. Casemiro devuelto a nuestros ojos incrédulos. Lucas dentro en el minuto setenta. Toma y toma. La gloria en el primer partido. Nos lo ha traído todo, desde dentro. Hasta nuestras bocazas. Ojalá no podamos nunca devolvérselas. Ay, el Madrid.


