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Opinión·20 de febrero de 2019

Tú eres Pirri

F

Federico Garcia "Lurker"

Yo, antes de ser madridista, fui Pirri. De eso hace muchos años.

En el recreo, jugábamos al fútbol en la calle. Era de tierra y no circulaban coches por ella. Hacía sol (en “Días de radio”, Woody Allen vivía en una ciudad lluviosa, porque esa llovizna embellece el recuerdo; quizá el sol de de entonces tenga causas análogas, pero lo cierto es que en mi memoria el día era luminoso). Los capitanes (dos chicos mayores) echaban a pies (oro, plata, oro, plata, …, monta y cabe) la suerte que decidiría el orden de elección para formar los equipos, y los pequeños aceptábamos ese orden de cosas como algo natural.

El capitán de mi equipo, un mayor que no acierto a recordar, fue dándonos nombres: “Tú eres Pirri” me dijo, y en ese preciso momento fui bautizado en el Jordán del fútbol. Esas fueron unas palabras constituyentes, como las históricas “Tú eres Pedro” (salvando las distancias).

El caso es que yo no tenía ni idea de qué significaba “ser Pirri” ni de quién era ese tal Pirri. En los cromos venía Pirri del Madrid, como venían Asensi del Elche, Tonono de la Unión Deportiva Las Palmas, Claramunt del Valencia, Collar del Atlético de Madrid o Lapetra del Zaragoza.

A mí, la verdad, no me hizo ilusión ser “Pirri”. Me sonaba flojo, con esas íes. La i es una vocal blandengue, aflautada, sin personalidad. Cuando oí al bautista decirle a otro “tú eres Zoco”, sentí una punzada de envidia: la o sí que es una letra vigorosa, masculina, que impone un respeto.

El caso es que yo fui Pirri. Uno no elige su nombre ni su camino a esa edad.

Debió de ser por entonces cuando echaron por la tele un partido de fútbol de la selección española, que aún no era “la roja” ni especulaba con el porcentaje de posesión (diabólica), y vi a Pirri lanzarse a cabecear un balón y meter un gol (creo que a Francia, pero puede que eso sea como el sol de aquellos días, un aporte espurio de mi memoria; meterle gol a Francia siempre es hermoso). “En plancha” dijo el locutor. Yo no imaginaba que se pudiera rematar así, y me parecía que ese cabezazo demostraba mucho valor, mucha fe en sí mismo y redimía al futbolista de ese ridículo mote lleno de íes. (Luego supe que su verdadero nombre era José Martínez; siendo así, no me explico cómo no escogió otro apodo. Yo me habría puesto algo como de polluelo de rapaz, no sé,  “Aguilucho” o “Azorín”).

El caso es que unas cosas llevaron a otras. De ser Pirri, pasé a seguir al Real Madrid, donde ¡alabado sea Dios! jugaba Zoco. Bueno, no sólo él, sino Amancio y Velázquez y … Por aquel entonces, también me enganché al baloncesto, por obra y gracia de Cabrera, de Ramos, de Luyk y Brabender, y hasta de Daniel Vindel (que no jugó en el RM ni en ningún equipo, pero contribuyó a su manera a que el baloncesto permeara esos años).

Los siguientes trajeron momentos gloriosos, como la remontada al Derby County, con aquel partidazo de Santillana (acaso mi jugador preferido de toda la historia), episodios de lucha titánica (las batallas contra el Ignis de Varese, con Dino Meneghin, contra el TSKA de Tkachenko y contra el Maccabi de Berkowitz y Aroesti; también nuestros grandes rivales conforman nuestra historia), y decepciones: perdimos la final de París contra el Liverpool, después de tantos años sin poder acercarnos, como perdimos contra el PSV la semifinal de una copa que veíamos muy cercana.

Llegué a creer que “ganar la copa de Europa” era un verbo que sólo se conjugaba en pretérito. Por eso, mi copa del alma, la que tengo pegada en las entretelas, es la del 98, y mi gol no es el de Zidane en Glasgow, el de Ramos en Lisboa ni el de Bale en Kiev, sino el de Mijatovic en Ámsterdam. Entiéndaseme, no es que no me hayan hecho gritar y saltar, ni que no haya disfrutado y siga disfrutando con cada uno de los triunfos de los últimos veinte años, sino que estos los vivo como se pudo vivir el desfile del ejército americano por los Campos Elíseos, con los uniformes planchados y las botas bien lustradas, mientras que la final de 1998 fue el desembarco de Normandía.

¿Quién sería el muchacho que me ungió como Pirri? ¿Sería consciente de la trascendencia de aquel acto trivial? Ojalá hubiera un modo de hacerle llegar mi gratitud infinita. A veces, en el desvarío de las horas insomnes, imagino que podría haber pronunciado otro nombre, qué sé yo, “tú eres Rexach” por ejemplo, y me castañetean los dientes. ¡De qué poco depende encaminar una vida por la senda del bien o por la de la perdición!

La vida se ha portado bien conmigo: tengo un trabajo envidiable, buenos amigos, una gran familia. Nada de ello se debe a la casualidad (aunque habrá que concederle a la fortuna su parte en el botín), sino  a que siempre he hecho lo mismo en las situaciones dudosas: lanzarme en plancha a rematar. Así le he marcado varios goles a Francia (y también he acabado varias veces con la cabeza vendada o la clavícula rota). No podía hacer otra cosa: yo era Pirri. Yo soy Pirri.

 

 

 

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