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Opinión·1 de septiembre de 2018

Una gaviota llamada Luis Enrique

M

Mario De Las Heras

El otro día, en el paseo marítimo de Gijón, veía volver a los sportinguistas de El Molinón. Yo pensaba que habían perdido el partido, pues regresaban a sus casas sin aspavientos, tristes se diría, pero no. Consulté el resultado por curiosidad y habían ganado por dos a cero al Nástic de Tarragona. Con goles de Hernán y de Lod.

A mí el Sporting siempre me gustó. Creo que es por Quini y por Luis Enrique, a los que de niño y de joven, respectivamente, admiré. A Quini lo vi en el mismo paseo marítimo de Gijón hace un año y me dio mucha alegría. Le decía yo a mi mujer: “Mira, es Quini, es Quini...”, mientras lo escrutaba con los mismos ojos con los que lo escrutaba en mis cromos hace treinta años.

Si hubiera visto a Luis Enrique hubiese sido distinto, naturalmente. Pero ver a Quini me gustó como ver a los sportinguistas volver el domingo desde El Molinón. Una vez en Dublín vi también regresar del campo a los dublineses. Venían del rugby con sus camisetas amarillas y verdes sobre los pasos de Leopold Bloom.

Quini en Gijón es un poco Leopold, o a lo mejor Stephen Dedalus. Yo lo veo así de mítico con esta mirada de visitante estival, que seguro que no es la más adecuada. Estoy pensando en todo esto mientras veo desde un ático a los surfistas en San Lorenzo. No hay bañistas en la playa porque a estas horas no hay playa.

El Comercio

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