Una soflama
Jesús Bengoechea
Respirad hondo. Nada temáis pero en nada confiéis. El adversario es hábil en el lance y domina los trucos del campo de batalla, muchas veces con la connivencia más o menos voluntaria del juez. Pero vosotros tenéis algo muchísimo más grande: una Historia atronadora y el aliento de decenas de miles de almas en trance.
Vuestra cosecha global es más abundante, pero sabéis (sabedlo, recordadlo, rumiadlo, escupidlo) que en el duelo cara a cara os han derrotado más veces de las necesarias. Os han humillado en ocasiones, siempre a favor de corriente pero humillado. Han reído a vuestra costa, las comisuras de los labios salivando sarna, desde su aldeanismo incomprensible, desde su colección rancia de dogmas amanerados. No lo olvidéis. No podéis olvidarlo, porque no lo olvida ni uno solo de las decenas de miles de espíritus que no cejarán de aullar en vuestro favor y que anhelan una recompensa a la fidelidad de su culto.
Tenéis la ocasión de hacer mucho daño. Hacedlo. Dejad la piedad para las beatas de iglesia, las limosnas para los meapilas. El trofeo no es el más loado, pero sí lo es la opción de apartarlos del sendero a sablazos. Y avanzad después, avanzad en pos de la recta final del camino con el corazón henchido ante la perspectiva del triunfo final. La ruta, hasta ese punto, habrá sido hostil, infestada de alimañas que hozan en vuestro mal. Las habréis desactivado con la fuerza de un mandoble implacable y justo.
Solo pensad en ello. Pensad en esas lindes del camino perladas de bestias salaces que gimen ante el ritmo implacable de vuestro avance, con el rostro desencajado de rabia y la impudicia atascada en el gaznate en una sórdida mueca final. Dejadlos atrás en medio de una callada carcajada de éxtasis, hacedlo, avanzad, amad, vivid.
La Luz está de vuestro lado y nosotros también.
Hacedlo.
