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Opinión·5 de agosto de 2019

Van de Beek, el penúltimo romántico

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Mario De Las Heras

Desde Valldemosa recibo noticias de Van de Beek. Son noticias de toda clase e intención, por supuesto. La que más me gusta es una que dice que Van de Beek es un De Jong o un De Ligt de segunda categoría. He leído que el holandés funciona como un factótum. Tiene gol y defiende, cubre huecos, está pendiente de todo al estilo de Tía Antonia, la casera de Washington Irving en La Alhambra.

Hay gente que sabe dónde está lo bueno de verdad. Lo siente. Lo distingue. Washington Irving era uno de ellos. Washington Irving se alojó en el Tocador de la reina, con vistas al jardín de Lindaraja, y se paseaba por toda la Alhambra a su antojo y escribía sobre ella y leía sus libros y comía y paseaba por dónde le apetecía. Washington Irving era un jugadorazo del Madrid; como Frederic Chopin (polaco, como Lewandowski), que se vino hasta aquí, a Valldemosa, por recomendación médica.

A los alemanes, y a quién no, les encanta Palma y la Tramontana y sus aires buenos para los pulmones enfermos de Chopin. Los aires del Madrid son lo que buscan algunos jugadores talentosos y soñadores con un sueño de niñez como el de Washington Irving desde que leyó de niño sobre las guerras de Granada en una Antigua Historia de España.

Van de Beek debió de leer a la luz de una linterna bajo las sábanas alguna edición ilustrada de las glorias madridistas. La Alhambra fue el sueño realizado “acaso por primera vez”, del neoyorquino, como podría ser el del holandés, ¡un knickerbocker!, recorriendo la hierba del Bernabéu y oyendo a su paso “el murmullo de las fuentes y los trinos del ruiseñor...”, y sintiendo la influencia de su “embalsamado clima”.

Apenas he visto algún que otro vídeo de Van de Beek, pero ya me gusta más allá de las imágenes. Sólo por sus apetencias, sólo por sus querencias de buen gusto, ya es un futbolista de mi agrado. Los aspectos técnicos yo se los dejo a los que saben, y parece ser que saben bien que es bueno porque de lo contrario no se hablaría (con temor, con rencor y con amor) de él.

Imagínense que cosa más grande ponerse a vivir observando y escribiendo donde reían las Zoraydas y Lindarajas. Y luego seguir viviendo: leyendo en el Patio de los leones o paseando cada día por los jardines moriscos y aspirando “la fragancia de las rosas”.

No sé si comparten (o al menos comprenden) mi emoción particular, pero Van de Beek (cuyo nombre es Donny, DONNY, por Dios; sólo por eso ya habría que ficharlo sin miramientos: un Donny hoy en el Madrid es vida, que es lo que le falta) es de los que me gustan. De los que sueñan a lo grande, como Washington Irving, y hacen realidad sus románticos anhelos. Y ya de paso, también los de los románticos madridistas.

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