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Opinión·25 de noviembre de 2025

Xabi Alonso: funambulista o suicida

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Salva Martín

No por conocida, la anécdota pierde vigencia y garbo. Corría el 25 de abril de 1999, cuando el entrenador del Madrid, por entonces John Benjamin Toshack, soltó uno de sus ingenios tras un pésimo empate en el Helmántico: “Los lunes pienso en cambiar a diez jugadores, los martes a ocho, los jueves a cuatro, el viernes a dos, y el sábado ya pienso que tienen que jugar los mismos cabrones de siempre”. El galés, que había iniciado su segundo periplo en el club sólo dos meses antes, sería descabalgado en noviembre tras la ocurrencia de los cerdos volando por Chamartín.

Mal augurio, aunque no se puede decir que el actual inquilino del banquillo blanco siguiera la misma filosofía de Toshack en Elche, donde pegó un revolcón al equipo y, presuntamente, también al sistema. Pero el coche sigue sin carburar y ya se están acabando los rincones para esconderse.

Hasta el actual bache de tres partidos sin ganar, sinónimo en el Madrid de jugar a ser faquir sobre un volcán, se vencía aun sin convencer. Incluso dio para un colchón en la competición doméstica. Pero ahora ni una cosa ni la otra y el margen se ha finiquitado. Si el batacazo del Metropolitano se explicó desde la falta de tiempo y acople, la caída en Anfield medio se justificó arguyendo que es escenario donde la derrota es una opción y el insuficiente en Vallecas tuvo el amparo de la dificultad de desenvolverte en una ratonera, ¿qué sucedió ante el conjunto ilicitano, que no es un grande, ni posee un estadio de tronío, ni se encierra tras un fortín?

El coche sigue sin carburar y ya se están acabando los rincones para esconderse

Valdano, como de costumbre, pone el bisturí sobre la herida: “Da la sensación de que el centro del campo piensa lento, no maneja con autoridad los ritmos del encuentro”, analizó en uno de los canales con derechos de los partidos. Y esto, según su criterio, favorece la vulnerabilidad atrás y no contribuye a la fluidez en ataque. En este sentido, no es descabellado concluir que, aunque Güler posee uno de los pies más dotados de la plantilla, alejarlo de Mbappé ha mermado su capacidad e influencia, por lo que, paradójicamente, su mayor problema ha sido el regreso de Bellingham. Los números, como el algodón, no fingen: en la última victoria (frente al Valencia) el equipo recuperó 46 balones en terreno rival, mientras en los tres últimos partidos el promedio es de 23. Además, sólo ha rematado 14 veces en total a puerta en ese mismo tramo mientras la media de los encuentros anteriores era de 10 cada 90 minutos.

Lo visto ante el Barcelona, principal y destacadamente la recuperación del orgullo, el compromiso y la rabia se ha desvanecido. Y eso requiere de un análisis completo y a cara descubierta por parte del entrenador y de los jugadores si se quieren implementar las soluciones adecuadas. Porque nadie parece salvarse de la zozobra, ni el capitán del barco —que en Elche, cuando vinieron mal dadas, se rectificó introduciendo a los damnificados Valverde, Vinícius y Camavinga—, ni los marineros, cuyo compromiso e intensidad comienza a ponerse en cuestión de manera cada vez más intensa y evidente.

Y es que el fútbol tiene estos misterios que a la vez lo convierten en algo extraordinario: te permite ir líder, con 10 victorias de 13, cabalgando una severa crisis de juego e identidad al tiempo que el undécimo en la tabla, con sólo tres triunfos, puede ser el paradigma de todo aquello con lo que hay que cumplir para embellecer este deporte. Pero así es el negocio con la línea entre el funambulista y el suicida más corta del mundo, y Xabi Alonso lo sabe. Como también es consciente de que la frustración pare destituciones, mal del que nadie está exento. Y mucho menos en el banquillo más cotizado y exigente del mundo.

 

Getty Images

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