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Opinión·8 de mayo de 2020

Xavi Hernández se pone redecilla en el pelo

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Mario De Las Heras

Me he imaginado ser un jugador del Madrid y recibir un cinco a cero. He imaginado, más exactamente, cómo me marcharía del campo tras el pitido final. Creo que me iría andando despacio, con la cabeza baja. Sólo miraría al suelo, abatido tras la debacle y con impotencia, pero con el fuego ya encendido por dentro. Desde ese mismo momento empezaría a pensar en la venganza con los ojos entornados. Esa sería mi salvación. La venganza como cura y redención. Pensar todo el tiempo en esos días, en el pasado del vencimiento y en el futuro de la amortización.

He recordado tres cinco a cero. El de Milán que recordaba Alfonso ayer aquí; el del Barcelona de Cruyff y aquel con el que Guardiola recibió a Mourinho. El primero fue una despedida cruel. Ni siquiera fue llegar a la orilla con el esqueleto del pez como el viejo pescador de Hemingway. La vieron cerca, la orilla, pero el mar se los llevó adentro. El segundo lo devolvieron cumplida y exactamente tan sólo un año después. Fue como si Zamorano le preguntara a Pep:

—¿Cuánto te debía?

—Cinco.

—Ejem... Pues como estos.

El tercer cinco a cero que recuerdo fue también devuelto, no en cantidad, pero sí con creces en calidad y sobre todo en significado, y además durante la misma temporada. En aquella Copa de Ley. En sólo unos meses, al Barcelona guardiolista de las esencias, que apareció con el alma de unos jipis confiados sobre la hierba, lo arrasó un Madrid que había perdido el miedo. No fue tanto la victoria como la derrota del miedo. Ya les habían ganado antes de empezar a jugar. Se veía en las caras de Cristiano, de Ozil, de Di María.

Fue una rebelión emocionante, poética. Fue George McFly dándole el puñetazo a Biff. El triunfo del trabajo y del talento y de la astucia sobre TODOS los elementos. Yo disfruté más con toda la obra que con el desenlace, por supuesto. Recuerdo con deleite aquellos rostros demudados que no podían comprender lo que estaba sucediendo. Nosotros éramos Lorraine enamorados de Levi’s Strauss y él era Marty Mourinho haciendo que les cayera encima un camión de mierda a los que se metían con nuestro padre.

Fue aquel Barcelona de tocador pillado por sorpresa: Xavi con redecilla en el pelo pintándose las uñas de los pies, con un pitillo igual que el de la señora Glass consumiéndose en el cenicero; Iniesta con un pijama de Mazinger Z jugando sobre la alfombra imitando las voces de sus dos muñecos de La Guerra de las Galaxias; Messi viendo en el sofá con la boca abierta Los Problemas Crecen; Piqué sentado en el váter y Guardiola en bata de guatiné con los fuegos encendidos. Fue por esta época que tanto echo de menos.

Este año terrible nos está quitando también la primavera por la que yo camino con la cabeza baja, abatido tras la debacle con impotencia. No sé por qué les he empezado a hablar de los cinco a cero. Supongo que por la nostalgia que me producen estos inolvidables triunfos de desquite de mi Madrid, que al final nunca pierde como Parker Lewis. Supongo que todo es una subconsciente metáfora maravillosamente madridista de cómo me gustaría salir de esta.

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