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Opinión·26 de agosto de 2019

Zidane quiere que nos guste el tocino del jamón de bellota

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Mario De Las Heras

Con el Madrid me pasa que cuando veo un partido como el del Celta se me acelera el corazón. Es una sensación similar a la del enamoramiento. El verano, los latidos, la sangre que fluye y te inunda el cerebro. Las endorfinas como locas con la carrera de Bale. Al borde del desmayo con la jugada del tercer gol. Yo moviendo los pies como si fuera Benzema. En fin, que me entras ganas de comerme un flash. Un flash de cola.

Así me disponía yo el sábado a ver el partido. El atardecer cálido, la luz naranja iluminando los edificios. Bale titular, ¡y James! James se me representaba todo él casi como un verano de niñez, como un amiguito de los de entonces, y luego todo empezó de manera muy emocionante: el equipo bien posicionado, la actitud precisa, la seriedad de Balaídos y James que se movía todo el tiempo por ahí como con la pelota pegada a su zurda de fresa.

Ahí me tuve que marchar, lamentablemente, y ya no volví hasta la segunda parte. Yo esperaba uno o dos goles en el casillero, pero al regresar no había ninguno. No me hizo falta ver esa primera parte para saber que lo que llaman “la pegada”, ese fantasma con cadenas de la temporada anterior y también esa expresión horrible que es como la piña en la pizza, más o menos, esa tarde no estaba. Ya vieron cómo acabó la cosa. Yo me enfadé con el gol del Valladolid. Me estaba comiendo un regaliz rojo (a falta de flash) y lo tiré contra la pared.

Y ahora es cuando voy a contar otra cosa que me pasa con el Madrid: cuando le va mal, o regular, no me da un ataque de nervios, al contrario que cuando lo hace bien y bonito. No me da por hacer un gazpacho con somníferos. Toda mi furia por el empate se me fue ayer con el regaliz, como si estuvieran un Kroos y un Carvajal liliputienses agarrados a él. En estos casos enseguida me apaciguo, sobre todo porque no creo que el Madrid estuviera tan mal como piensan algunos a los que les pasa lo mismo que a mí cuando el Madrid gana, pero cuando pierde (o empata).

A mí una tarde como la de Balaídos me da para unos cuantos partidos regulares en los que mantener la calma. Si la calma no la tenemos nosotros, los galernautas (de los madridistas ni hablo), ¿quién la va a tener? Yo venía muy harto de la pretemporada ante la ausencia desoladora de magia. Tenía una lista de descartes imaginaria que venía con patadas en el culo incluidas. Pero luego llegó lo de Balaídos y se me olvidaron la lista y las patadas.

Era como otra vez el verano. El Madrid, la felicidad. Yo con un poquito de magia (y resultados, no faltaría más) puedo ir tirando hasta la primavera. El sábado en el Bernabéu todo el mundo pudo ver que había cosas bonitas que nos pueden suceder. También defectos que pulir. Pero, sobre todo, había cosas. Cosas nuevas. No creo que este sea el equipo del año pasado aunque sea el mismo. Yo noto que Zidane lo está juntando (y aún falta) como si fueran placas tectónicas.

Hay una idea que sobresale sobre el supuesto estatismo, la vieja guardia y todo eso. Es la idea en sí misma sea cual sea. Es el juego. A mí a veces me gustaría darle una patada en el culo a Ramos, por ejemplo, por cosas como salir luego a zona mixta con ese sombrero. Yo soy de los que piensan inmediatamente que se está burlando de la gente con esa pinta tan poco seria. Pero Zidane no piensa así. Zidane piensa que no hay mejor central que Ramos en el mundo a pesar de todo.

Y es una buena forma de verlo porque, entre otras cosas, es verdad. Lo mismo piensa de los demás jugadores. Zidane no está sujeto a los prejuicios y a los chismes del madridismo. Zidane los ve ahí en el campo de entrenamiento y los va a ubicar en el terreno de juego porque tiene una idea. Una idea para la que le sirven esos jugadores que no nos sirven a los demás.

A lo mejor es eso. A lo mejor es lo mismo que les pasa a esas personas que no se comen el tocino del jamón de bellota. Sólo se comen lo magro con la vetita, desechando lo demás. El tocino del jamón de bellota es una cosa deliciosa. Quizá deberíamos aprender del tocino para entender la idea de Zidane, que si consigue que a todos nos guste será para nombrarle el mejor entrenador de nuestras vidas.

Yo creo que es eso lo que persigue. No lo de ser el mejor entrenador de nuestras vidas, sino lo de querer hacernos ver (sentir) las maravillas de esa primorosa grasa transparente que es su idea. La parte que no estamos viendo, que desechamos, impacientes y resabiados, del jamón de bellota.

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