Zidane vs. Jovic: cumbre de lo inentendible
Jesús Bengoechea
Hay días en que el zidanismo de uno se tambalea. Hay ocasiones en que el que firma debe recordarse, una por una, las 3 Champions, 2 Ligas, Mundiales y Supercopas para no quejarse, para renovar la fe que casi siempre encuentra recompensa cuando de creer en Zidane se trata. A veces, como antológicamente señalaba Manuel Matamoros, solo cabe admitir que a Zidane le queremos tanto como no le entendemos.
A veces, como antológicamente señalaba Manuel Matamoros, solo cabe admitir que a Zidane le queremos tanto como no le entendemos
Ni le entendemos ni le entenderemos, además, porque le caracteriza una renuencia imbatible a explicarse. A explicarse de verdad, queremos decir, sin miedo a la verdad. Y lo peor es que ni siquiera puede reprochársele: los silencios (o las medias explicaciones) de Zidane denotan con frecuencia un sesgo ético. Zidane no habla para no hablar mal de nadie. Si uno lo piensa, de un modo filosófico, general, el motivo de fondo por el cual Zidane no se explaya en sus ruedas de prensa es porque es siempre arduo responder a las preguntas de la prensa (al menos a ESAS preguntas) sin soltar algún pescozón contra alguien —un jugador propio, un jugador ajeno, un árbitro, un colega de banquillo—. Uno solo puede admirar esa política, ese celo escrupuloso. Se diría que las cosas de vestuario son para Zidane secreto de confesión, lo cual está muy bien a pesar (o quizá precisamente por) lo que está a punto de pasarle a Montgomery Clift en el clásico hitchcockiano Yo Confieso.
Los silencios (o las medias explicaciones) de Zidane denotan con frecuencia un sesgo ético. Zidane no habla para no hablar mal de nadie
Zidane está en su perfecto derecho de no explicar con sinceridad qué ha pasado con Jovic, cedido ya oficialmente al Eintracht del cual vino, hasta final de temporada. Se le conocen al serbio detalles exasperantes (un lenguaje corporal acomodado, una extraña propensión a pequeñas lesiones, unas públicas imprudencias covidianas), pero nada que justifique a priori el dejar a la plantilla aún más huérfana de gol de lo que ya está deshaciéndote de uno de tus goleadores. Entiendo que, al no querer dar detalles, Zidane conoce el coste que paga: se le atribuirá la responsabilidad del fracaso del futbolista, pues solo de fracaso puede hablarse cuando se marcha al lugar del cual vino tras escaso tiempo. Culpar a Zidane se antojará además particularmente fácil cuando el propio técnico confesó hace poco que Jovic había venido a instancia suya (“yo lo pedí”). Si eso es verdad, cuesta entender que no le haya dado más oportunidades, a menos (de nuevo) que se nos oculte algo, que todo puede ser, algo grave o al menos sin solución alguna que pudriera de manera definitiva la estancia del delantero en el club. “No se ha adaptado”, ha dicho Zidane, y la frase tampoco le ayuda a sacudirse responsabilidades (en realidad, barrunto que él no quiere sacudírselas, lo que también es plausible) por cuanto ayudar en la adaptación de un jugador nuevo debería ser también tarea de su entrenador, máxime si fue él quien recomendó el fichaje. En Zidane resplandece el contraste permanente entre el mimo (en forma de constantes oportunidades) a los jugadores que considera de su cuerda y el aparente ahitelascompongas de los que no entran en ese apartado. Se marcha Jovic sin que sepamos verdaderamente por qué, 60 millones y poco más de un año después.
Personalmente, me quedo sin saber si Jovic es bueno, malo o regular. Por los remates que le he visto hacer, incluso en su fallido periplo blanco, intuyo que no puede ser tan malo como para que el saldo resultante de dejarle abandonar una plantilla con tan poco gol supere el posible conflicto de tenerle. Porque exactamente ¿cuál era ese conflicto? ¿En qué consistía la contraindicación de dejarlo ahí, a la espera de otra oportunidad, en la esperanza de que supiera labrársela? Al no explicitar la solución a este arcano, será insoslayable la teoría según la cual la aversión al conflicto de Zidane puede jugar en contra del crecimiento de determinados futbolistas jóvenes. A nadie se le escapa además que una de las obligaciones de un líder es precisamente el gestionar potenciales conflictos entre sus subordinados, o de sus subordinados con él.
Abracemos las 3 orejonas, las 2 Ligas y los demás trofeos, como Ulises se aferraba al mástil de su navío, para no sucumbir a los cantos de sirena de nuestra razón.
Fotografías: Getty Images.
