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Opinión·3 de marzo de 2020

Zidane y la cera que arde

A

Antonio Valderrama

El otro día después de perder con el City en el Bernabéu, Zidane pronunció una frase en la rueda de prensa con la que pudo haberlo resumido todo: “Esto es lo que hay”. Resultó lapidario pero no menos que lo que se acababa de ver sobre el césped del Bernabéu: un equipo limitado al norte por las carencias propias de la plantilla, al sur con las lesiones de futbolistas llamados a ser determinantes, al este por la lamentable gestión de las bajas por parte de la dirección deportiva y al oeste por las malas decisiones; un equipo con un techo bajo que perdió absurdamente un partido que tenía ganado a otro con la plantilla más honda, dirigido por uno de los mejores entrenadores del mundo. Dejar a Kroos en el banquillo, el miércoles, fue una mala decisión de Zidane, quien enfrentado a otro match-ball tres días más tarde, la corrigió a lo grande.

El realismo descarnado no cae bien, por lo general, entre el madridismo, que es una afición que contempla con naturalidad el imaginarse quimeras y que, seguramente por eso, a veces las hace posibles. Schuster dijo una vez que era imposible ganar en Barcelona y tuvo que irse no por lo mal que iba el equipo, sino precisamente por decir eso. Había sido demasiado explícito y lo único explícito que tolera el madridista es la evidencia del aplastamiento. Todo lo demás es reversible, todo lo que no sea una debacle es susceptible de ser convertido en una futura remontada, si no de qué iba la gente a encenderse a los cinco minutos de perder aquella vez 4-1 en Dortmund.

Es muy raro que Zidane se equivoque en dos partidos consecutivos. Esto lo he venido observando a lo largo de su trayectoria como entrenador. Suele adaptarse rápido a las situaciones cambiantes, sobre todo a las peligrosas. Es una de sus mejores cualidades. Si el margen de error del que dispone un entrenador en el Madrid, por lo general, es mínimo, el que tiene Zidane este año es tan ancho como la franja de luz que entra por la rendija de una persiana en la última hora de la tarde. Zidane se corrigió a sí mismo ante el Barcelona, con la audacia que forma parte de él, naturalmente, puesto que tras semanas de culebrón a cuenta de la quinta tarjeta amarilla de Mendy, se jugó el partido del año con Marcelo. Eso es valor y no lo de Setién, quien, como suele ocurrir con los genios de salón, se dejó el coraje y a los canteranos en Barcelona, y alineó un equipo conservador, veterano y archisabido.

En ese “esto es lo que hay” hiperrealista de Zidane se esconde el secreto de la temporada. No hay más cera que la que arde y el mes de febrero lo ha dejado claro. El curso general de la planificación deportiva del Madrid parece señalar un horizonte que se va acercando, un horizonte en el que hay que navegar con las amenazas de las sanciones de la UEFA, el fair-play financiero y la competencia totalitaria de los clubes-Estado. Pero ese horizonte obliga a que el madridista reduzca sus esperanzas inmediatas. Es un salto mortal con triple tirabuzón, empezando por los madridistas de la Junta Directiva, siempre sospechosos de caer sujetos de la histeria colectiva a las primeras de cambio, como cualquier hijo de vecino. El mes empezó de forma perfecta ganando el derbi, yéndose el equipo a tres puntos de distancia en el liderato y con la perspectiva de alcanzar las semifinales de la Copa. Sobre todo, la cuestión principal giraba en torno al regreso de Hazard. Hazard iba a ser el upgrade mourinhístico del Madrid de Zidane para el tramo final de la temporada: esperando al belga el entrenador había fraguado un bloque de hormigón que cogía ya vuelo.

El Madrid sería lo que el desequilibrio explosivo de Hazard y la convicción defensiva del resto fuera capaz de sumar.

Pero sucedió que, en Copa, las rotaciones, que esta temporada comportaban un riesgo triple con respecto al año del doblete, enseñaron las costuras de una plantilla a la que le falta un lateral derecho, un centrocampista y gol. Y como es habitual en un juego de dinámicas emocionales más volátil que la Bolsa, la derrota inesperada, caída como un cañonazo en mitad de un confiado ambiente preprimaveral, introdujo la duda. La duda, el empate con el Celta, y el empate con el Celta, la derrota con el Levante, que vino con el regalo de la pérdida del recién regresado Hazard para toda la temporada.

Sin embargo, el panorama, aunque frustrante, no es desolador, con la mirada puesta en el largo plazo. La temporada habla muy bien de Zidane, de su capacidad para exprimir con maestría unos recursos limitados, en comparación con los de los equipos que juegan en la liga del Madrid: Barcelona, PSG, Manchester City, Liverpool, Juventus, etc. El Madrid ha vencido en casa a Barcelona, Atlético, Sevilla y Real Sociedad; no ha perdido en sus visitas a los principales estadios del campeonato y además se llevó el bono de la Supercopa. Cuando ha perdido puntos ha sido contra los equipos del segundo escalón ante los que siempre parece conveniente meter en el tono competitivo general a los futbolistas del pelotón de refresco, pero ese era un hándicap con el que ya se contaba, como el del gol, o su carencia.

De ese ramillete de grandes equipos europeos el Madrid es el equipo que peor presente tiene, condicionado por la orfandad del mejor jugador de su Historia moderna, por la edad de dos de los artífices de la edad de plata (Ramos y Modric) y por encontrarse en medio de una regeneración prometedora, pero aún verde. Por eso es, también, el que mejor mañana plantea, aunque la espera de ese mañana imponga peajes difíciles de soportar para quienes conviven con la obsesión despótica de ganarlo todo, siempre.

El partido contra el City desveló el punto exacto en el que se encuentra el trabajo de Zidane, un trabajo heroico. El adjetivo no es gratuito, lo lleva comprando con su prestigio personal (y con el rédito de las tres Copas de Europa seguidas) desde el momento del verano pasado en el que, por lo que sea, en el club se decidió no ficharle a Pogba, no venderle ni a James ni a Bale, ni tampoco intentar el fichaje de uno de los elegidos que, en el fútbol contemporáneo, son capaces de, por sí mismos, justificar cincuenta o sesenta goles por temporada. La tarea era heroica desde el principio, pues había que hacer competir de forma extrema a un grupo de futbolistas demediado por las bajas y los años, que llevaba una temporada de vacaciones: se trataba de no encajar goles, de confiar en la resurrección de varios jerarcas y de apostar sin red de seguridad por tres o cuatro chavales sin experiencia real de combate. Un ejercicio suicida de maximalismo.

El ejercicio, no obstante, está saliendo. Acaba de sobrevivir a su segunda crisis existencial. De la primera, en octubre, salió un bloque sólido y solidario. El equipo vuelve a ser líder ahora y ha derrotado al Barcelona, en Liga, por primera vez en cuatro temporadas: el peso de esa losa moral puede uno calibrarlo viendo cómo festejó Casemiro el gol de Vinicius. El camino es largo y el equilibrio es muy precario, pero hace un año, a estas alturas, todo el madridismo estaba ya de summeriana. Zidane ha recuperado para la vida a Nacho, a Kroos y a Isco, los jóvenes entran y salen, incluso Mariano ha saltado en paracaídas en el momento más insospechado para echar un cable en el asalto de la Colina de la Hamburguesa. Marcelo, después de morir seis veces, ha recuperado el aliento épico de antaño, a la séptima, cuando nadie daba un duro. Durante meses, la salud y el espíritu del equipo descansó en las piernas de Casemiro y Valverde, fatiga acumulada que ha dado la cara a mitad de febrero. Bale y James sólo figuran en la nómina del contable del Madrid a la hora de pagarles todos los meses, aunque eso ya lo sabía el mismo Zidane en verano: al menos consiguió sacarles algunos buenos momentos en los primeros meses de competición. Acabe el cuento como acabe, la temporada sólo será catastrófica si tras una probable eliminación en Manchester, en quince días, desde la zona noble se empiezan a filtrar los acostumbrados “contactos” con el entrenador libre de turno, en este caso, Pocchetino.

 

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