Zinedine Zidane, el chamán de Marsella
Emil Sorel
Hace unos días, mi compañero -y, sin embargo, amigo- Marcelino describía a Zinedine Zidane como El Chamán de Marsella. El sobrenombre le pega al cabilio y a mí particularmente me encanta. Hay efectivamente algo sobrehumano en su figura. Un halo que le conecta con los bereberes misteriosos que cuentan historias en la plaza Jemaa El-Fna de Marrakesh. Un tipo a una sonrisa pegado que hipnotiza con su mera presencia. Alguien que inspira discos conceptuales y películas de arte y ensayo. Una suerte de hechicero del fútbol en un momento en el que nos sacuden con conceptos tecnócratas cada cinco minutos.
Es fácil, entonces, acudir a todas esas supuestas cualidades psicomágicas como único camino para explicar la figura del entrenador del Real Madrid. Una especie de Panoramix que elabora una poción con la que sus jugadores vuelven a alcanzar la mejor versión de sí mismos. El hecho de que el galo no sea un hombre de facilidad de palabra en castellano o prefiera acudir a una terminología sencilla en lugar de caer rendido a la era de conceptos tecnológicos (si no te basas en “transición defensiva”, “lateralizar” y “triángulos invertidos” vienes a ser un paleto), agudiza esa sensación de que hay un elemento de ocultismo en su trabajo.
Pero la realidad, basada en hechos y no opiniones, es que Zidane es uno de los mejores entrenadores de su época y que cuenta ya con un palmarés con el que otros, aparentemente más cultos y sofisticados, ni sueñan. El propio marsellés ha reconocido en alguna ocasión cuáles son sus puntos fuertes y cuáles los débiles, con una humildad que otros compañeros de profesión tampoco huelen.
La realidad es que la mayoría de las veces no entendemos a ZZ porque sencillamente su mente viaja más rápido y con más profundidad que la nuestra. Su conocimiento del fútbol es natural, automático. Tiene el don de comprender este juego desde su más pura esencia. Lo hizo como futbolista, cuando se deslizaba sobre el campo como si fuera de otra especie que los demás. En eso se parece a Leo Messi: no necesitan darle vueltas ni complicar la cosa, lo suyo es inherente a su mera existencia. No saben de fútbol pues son el fútbol.
Zidane sabe hablar al jugador, es consciente de las palabras que necesita oír durante un partido (y no suelen tener que ver con los términos del fútbol hipster a los que estamos acostumbrados). Pone por delante el mensaje sobre el medio, rompe la cuarta pared para llegar a la conciencia esencial del futbolista y discierne las contadas ocasiones en las que debe sustituir su sempiterna sonrisa por un rictus más serio. Los demás nos movemos entre la perplejidad y la admiración. Es simple inconsciencia e ignorancia: no le entendemos a la primera y nos permitimos el lujo de juzgar. Mientras, él repite como un mantra lo de “y ya está” porque, en realidad, ya está.
