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Destacados·1 de diciembre de 2020

Zinedine Zidane y el misterio del Real Madrid

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Mario De Las Heras

Los blancos están vivos aunque aún no se sabe ni cómo ni cuándo podremos verlos

No hay nada perdido, ni mucho menos. ¿Acaso no es Zidane el entrenador que nos hace desdecirnos una y otra vez? Toca desdecirse de nuevo. Y el quid de la cuestión es precisamente que casi estamos convencidos (algunos lo están categóricamente desde hace mucho tiempo y otros desde hace menos) de que ya no podemos desdecirnos más. Pero Zidane encontrará la manera de lograrlo, como siempre, la de ganar y la de desdecirnos sin fin. Ya lo dijo Kroos de forma espontánea: que jugaban un partido bueno y otro malo, o dos malos, pero que ya encontraría Zidane la solución. Lo dijo como quien está encomendado con fe ciega (y garantía probada) a su patrón.

Si Toni Kroos confía en su entrenador de esa manera tan natural, ¿por qué dudamos los demás? Esta prueba de fe es para verdaderos creyentes. Cuántos han renegado ya y cuántos están renegando y cuántos lo van a hacer o lo están haciendo en el transcurso de los próximos minutos. Yo no voy a abandonarle. Yo me quedo incluso no comprendiendo. Me quedo ni siquiera compartiendo sus decisiones porque yo no he ganado dos Ligas y tres Copas de Europa. Pero no es sólo por eso. Hay algo inmarcesible en Zidane que yo no sé qué es, pero si sé que no puedo prescindir de ello.

Parque Retiro Madrid

 

Lo veo como una locura que no podría explicar por qué lo es. Algunos lo llaman simplemente la flor y yo lo llamaría el jardín. Uno de esos jardines privados y preciosos, casi secretos, que se vislumbran a través de la hiedra y de las rejas de hierro en medio de la ciudad. Zidane es el guardián de ese jardín que no es para todos los ojos. Y yo sí quiero ser el poseedor de esos ojos afortunados. Yo no quiero perdérmelo cuando está creciendo, o marchitándose temporalmente para luego volver a florecer, antes de que abran las puertas. Ese jardín estaba anteayer lleno de visitantes celebrando el triunfo estival y hoy está abandonado, o abandonándose, y es el mismo de entonces que lucha por encontrar el difícil y efímero equilibrio de la vida.

A mí me gusta así, cuando somos pocos. Las multitudes siempre son ventajistas y sospechosas. A mi me gusta este Madrid, este jardín, solitario y cerrado, casi abandonado, que está trabajándose en medio de este invierno vírico. Con el capital justo, con las filas diezmadas, con algunos de sus mejores elementos terriblemente alicaídos. En la incomprensión por las zinedinecisiones me debato, mientras me rebelo y al instante confío porque no veo señales (también me niego a verlas) de podredumbre. Ese jardín esta vivo y su guardián lo sabe.

Es este Madrid la reminiscencia de un Madrid de lujo que está pasando a ser un Madrid de batalla. Es un Madrid mutante en medio de las convulsiones.

Se pierde por dos a uno en casa tras un partido nefasto, sí (pero no nefastamente lineal sino a trompicones), sin Ramos, Valverde y Benzema (sin el rey Arturo, Perceval y Lanzarote, ¿qué clase de tabla redonda es esa?) y con sus recambios en horas bajas. Lo raro es no perder. Y aún así casi empatan. Isco, para más señas. Por no hablar de los penaltis no pitados. A lo mejor lo del sábado era más una victoria clara y no una derrota dolorosa que es lo que acabó siendo con todas las de la ley. En esa extrañeza por la diferencia del equipo de un día para otro están las señales de vida. Hay algo por nacer, por terminar de nacer, y no por morir.

Es este Madrid la reminiscencia de un Madrid de lujo que está pasando a ser un Madrid de batalla. Es la transición (no el cambio de ciclo) coyuntural. Es el virtuoso y profundo e incomprendido proceso de asimilación a los nuevos tiempos. Es el reaprovechamiento debido a la escasez. Es un Madrid mutante en medio de las convulsiones. Es el jardín quieto y silente a la vista que bajo tierra se retuerce en un grito inaudible. Es un entrenador con una carta de racionamiento por plantilla.  Es la maldición hazardiana. Es un parto estructural. Yo me quedo a ver salir a este Real Pensil de su transformación, mientras contemplo sentado en el banco los últimos siete goles recibidos: penalti de Lucas, gol en propia puerta de Varane, penalti de Marcelo, penalti de Ramos, penalti de Courtois, penalti de Nacho y error impropio y humano, como todo, de Courtois.

Thibaut Courtois.

Que nos aspen si no es esto la señal de que hay algo muy vivo bajo la tormenta que nos ciega. De que es verdad que esa defensa sigue siendo un dique (el dique que les ha hecho campeones) a la espera de que amainen las olas y se calmen los vientos y vuelvan todos los caballeros de sus bajas físicas y mentales. Yo no sé cómo va a salir el Madrid de esta, pero yo me quedo en el jardín, no me pregunten por qué, porque no sabría responderles a pesar de todo o de nada. Les diría, y les digo, lo que les decía el propietario del teatro de la Rosa en Shakespeare in Love a sus actores en medio del desastre en el día del emocionante estreno de Romeo y Julieta:

—Todo va a salir bien.
—¿Cómo?
—No lo sé. Es un misterio.

 

Fotografías Getty Images.

 

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